Discurso de inauguración del Seminario de Silvia Giliotti por Claudia Cáceres


Alejandra,  la poeta maldita, pasó los cinco meses finales de su vida en una clínica psiquiátrica, donde acabó por vivir de noche, fumando, escribiendo, y tomando psicotrópicos.  Murió el 25 de septiembre de 1972, durante un fin de semana en su departamento, de una sobredosis.

Como ella, son muchas las personas que deciden  morir voluntariamente. Por alguna razón, a través de los años, cada vez son más quienes toman esta decisión. Independientemente de la época, el lugar, la forma o las razones, siempre es un hecho duro, que duele,  que despierta encontradas emociones, que perturba, que cuestiona, que interpela.

Probablemente, la mayoría de quienes estamos acá hemos tenido de cerca la experiencia de algún familiar o amigo que ha tomado la decisión de suicidarse, o que lo ha intentado una o más veces. El intento fallido  puede tener un efecto profundamente perturbador de las dinámicas familiares, más allá de las maneras que encontremos para explicar dicha conducta: que es manipulación, que es para llamar la atención, que no quería realmente quitarse la vida….el intento de suicidio siempre implica un riesgo y una amenaza con la que es difícil lidiar.


Pero también es probable que  varios de quienes están aquí  hayan vivido la experiencia del suicidio de un paciente o tengan que convivir con pacientes con ideación  suicida. ¿quiénes de los que estamos acá recibimos una formación que nos permita lidiar suficientemente bien con personas, familias o parejas en las que alguno de sus miembros se hayan suicidado o puedan hacerlo en cualquier momento?


Un estudio informado por Rebeca Goode revela que los psiquiatras y los psicólogos estamos poco preparados para  sobrellevar la experiencia del suicidio de un paciente. El informe sugiere que, incluso para el clínico más experimentado, el suicidio de un paciente puede tener un impacto emocional perdurable. El trabajo, que se basa en entrevistas con psiquiatras, psicólogos y trabajadores sociales, descubrió que luego de un suicidio muchos terapeutas guardan sentimientos no resueltos de culpa, ira, pena o traición durante años.


Algunos tienen pesadillas recurrentes, ansiedad extrema u otros síntomas de stress. También es común culparse a sí mismos, sentir temor a que otros los consideren culpables y una repentina falta de confianza, en particular al tratar con pacientes suicidas.


¿Qué hice mal?...¿qué es lo que no ví?...¿por qué no me advirtió?...Seguramente, las preguntas que se hace el terapeuta son las mismas que se hacen los padres, las mismas que se hacen los hijos, las mismas que se hacen los amigos, los compañeros de estudio o trabajo.


Recuerdo que una de mis hijas a los 16 años vivió la experiencia de un compañero de curso que se mató saltando desde la ventana del departamento donde vivía en el 15 avo piso. Nunca había visto tanto desconsuelo colectivo…nunca tantas preguntas sin respuesta, nunca tanto miedo, porque a los 16 años no es sólo la experiencia de un amigo, en alguna medida es también la  propia.
¿Por qué ha de ser diferente frente al suicidio de un paciente? ¿Porque somos profesionales entrenados?, ¿Porque el vínculo no se basa en el afecto?, ¿Porque es una decisión personal del paciente? Sí, es diferente por esas y por otras cosas, pero es igual, porque no esperamos que ocurra. Básicamente, no esperamos que un paciente termine con su vida cuando estamos haciendo esfuerzos juntos porque salga adelante. Nos pilla de sorpresa, incluso cuando lo esperamos. Nos obliga a hacer una lectura retrospectiva de la relación, de la historia y sin duda constituye una pérdida. No sólo la pérdida de un paciente, sino la pérdida de una cierta seguridad, la pérdida de la confianza. Con suerte y trabajo, esa pérdida será transitoria. Pero sabemos, a veces lo transitorio dura muchísimo tiempo. El reporte de la investigación señala que el suicidio de un paciente les hace perder a los terapeutas confianza en sí mismos y dudar de cada cosa que hacen, al menos por un tiempo

Una silla vacía en un consultorio silencioso, el reloj indicando que ya había pasado la hora de la consulta, el presentimiento que se transforma en temor y luego en certeza.

Así puede comenzar una historia que nos transformará.  Descrito está que a veces en vez de ayudar a los terapeutas a asimilar el hecho y aprender del suicidio, los hospitales y otras instituciones a menudo culpan a los terapeutas o tratan de tranquilizarlos con afirmaciones sin sustento de que “nada podía hacerse por el paciente”.


Herbert Hendin, director médico de la American Foundation for Suicide Prevention (Fundación Americana para la Prevención del Suicidio) y principal autor de un informe, que apareció en The American Journal of Psychiatry, dijo que para la mayoría de los terapeutas el que un paciente se suicide es "el episodio más traumático de su vida profesional.  Agrega, es preocupante el tiempo que la gente tarda en superar esta dificultad.


“Las estadísticas indican que uno de cada dos psiquiatras pierde un paciente por suicidio en algún momento y a  alrededor de un tercio de ellos esto le sucede durante su período de entrenamiento”. No sé cómo será la estadística para los psicólogos, creo no equivocarme si digo que tienen que ser menores, pues existe una alta asociación entre suicidio y trastornos psiquiátricos de diversa gravedad, lo que hace que los psiquiatras estén más expuestos.


Mientras en otras áreas de la medicina los especialistas están entrenados para considerar la muerte como una parte inevitable de su profesión, los psiquiatras están más inclinados a responder al suicidio de un paciente como un fracaso personal. Existe la creencia de que, si un paciente se suicida, el terapeuta puede haber hecho algo mal. Pero a veces es así y a veces no.


Ahora, ¿Qué pasa en nuestro país? “En Chile,  entre las causas de muerte no natural, el suicidio es la segunda causa de muerte a nivel país, sólo lo supera aquellas muertes producto de accidentes del tránsito”.


Yo me sorprendí al descubrir esto, pues es necesario considerar  además que  existe consenso en que la cantidad total de suicidios a nivel mundial se subestima.  Esto puede ocurrir porque aún permanece como una causa de muerte estigmatizada, criminalizada e incluso penalizada, lo que de alguna manera provoca su invisibilización.

Un análisis longitudinal indica que la cantidad de fallecidos con lesiones autoinfligidas intencionalmente presenta aumento año a año. Si para el año 2000 fallecían 3,3 individuos por lesiones autoinfligidas intencionalmente al día, para el año 2008 el promedio sube a 5,6 fallecidos por día. Si para el año 2000, había un fallecido cada 7 horas, para el 2008, hay un fallecido por método suicida cada 4 horas.e


Esto nos hace pensar en al menos 2 cuestiones relevantes. La primera es que la posibilidad de que un paciente se suicide durante el tratamiento psicoterapéutico es una realidad, lo que nos obliga a visibilizarla y a hacernos cargo. A “estar preparados”. Tal vez hoy escuchar a Silvia sea una buena manera de hacernos cargo de esta parte.

La segunda cuestión es  que el acto del suicidio nos habla de algo mucho más relevante que solo de una particular manera de morir, nos hace pensar en el tipo de sociedad que estamos construyendo y  nos obliga a peguntarnos tanto acerca del valor de la vida, como por el devenir de nuestra sociedad.


En la tesis doctoral realizada y publicada por Dagoberto Duarte, efectuada en el año 2007  “Suicidio en Chile: un signo de exclusión”,  se hace un exhaustivo trabajo de investigación con bases estadísticas del Servicio Médico Legal y del INE y aborda un periodo de más de 20 años, desde 1980 al 2000. El autor describe el fenómeno con una serie de variables pertinentes, y concluye que el aumento del suicidio en chile está relacionado con factores sociales, especialmente por los niveles de inequidad que caracteriza a la sociedad chilena, lo que lleva a las personas a acumular sentimientos de rabia y hostilidad, un sentimiento de exclusión de ciertos grupos poblacionales, que no lograrían acceder a los beneficios que significa ser parte de la sociedad.


Sin embargo Hay otros estudios que revelan que no habría una asociación estadísticamente significativa entre nivel socioeconómico y suicidio y que de haberla revelaría una menor tasa en los sectores con menos recursos de la población.


Si juntamos ambas evidencias es posible pensar que el suicidio más que tener que ver con la falta de acceso a bienes materiales y servicios  o con la exclusión social derivada de esta,  tiene que ver con otras formas de exclusión. Es así como los  homosexuales jóvenes tienen  mayor riesgo de suicidio que los heterosexuales de la misma edad. Del 8,4 por cada 100.000 habitantes que se suicida en nuestro país además de los adolescentes, son las personas de la tercera edad los que  registran la mayor cantidad de casos. ¿es el conflicto y el dolor  que en nuestra sociedad experimentan estos grupos  por la marginación y exclusión lo que hay detrás del suicidio?


Tenemos mucho por conocer y compartir. Para eso nos hemos reunido hoy acá con Silvia Gilliotti, para visibilizar como lo hemos hecho con otros temas de la psicoterapia que tienen poca o ninguna cabida en las mallas de las formaciones de psicoterapeutas. Con Ester Perel  abordamos el erotismo en las parejas; con Jean Malpas y Soshana Bulow conocimos a las parejas transgénero  y la diversidad de la sexualidad en la vida en pareja, Con Peter Steinglass hablamos de las familias con miembros con enfermedades crónicas, Con Marcia Stern acerca de las familias con hijos con necesidades especiales y  muchos otros.


El Instituto Chileno de Terapia Familiar a quien con honor represento saluda hoy a Silvia y a través de ella a todos los docentes del Ackerman Institute for the Family Of New York quienes desde hace ya 11 años nos visitan y entregan sus conocimientos y experiencia en el trabajo clínico. Silvia..tu instituto y el nuestro comparten miradas comunes acerca de la psicoterapia, de la justicia social, del respeto por la diversidad y por supuesto un modelo  de trabajo sistémico-relacional fundado en dichos principios.


Con muchas ganas queremos escucharte e iluminar con tu trabajo las preocupaciones, ansiedades, temores y esperanzas que nos surgen cuando en la terapia danzamos entre la vida y la muerte. 


Muchas gracias a ti  y a cada uno de ustedes por estar hoy acá.