viernes, 31 de enero de 2020

Familia y enfermedad crónica. Reflexiones desde la mirada sistémico-relacional


El aumento en las expectativas de vida de la población mundial y los avances de la tecnología y la medicina, ha traído como consecuencia el incremento de las enfermedades crónicas. Esto constituye un enorme desafío para los profesionales de la Salud en general y muy especialmente de la Salud Mental.
La Psicóloga Claudia Ferreira, quien ha trabajado por largo tiempo en la terapia con Familias, Parejas y personas con enfermedades crónicas, comparte algunas reflexiones que permiten comprender lo que ocurre en las relaciones familiares cuando deben enfrentar la enfermedad crónica de uno de sus miembros.


Si Ud. quiere ver este video en alta definición, puede hacerlo en el
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https://www.youtube.com/watch?v=Vck8zSi_2X4&t=95s







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https://www.youtube.com/watch?v=Bvt4phK7m_M&t=10s






miércoles, 27 de noviembre de 2019

Titulación Terapeutas Familiares y de Pareja 2019


Con enorme alegría celebramos la obtención de su título de Terapeutas Familiares y de Parejas de 37 psicólogos y psiquiatras que se formaron con nosotros en los diferentes programas que impartimos a lo largo de nuestro país. Desde Valdivia, Coyhaique, Talca, Viña del Mar y Santiago recibimos a quienes recibían su título este año. Agradecemos a quienes estuvieron- docentes, terapeutas y sus familiares - y recordamos a quienes no pudieron venir dadas las circunstancias por las que atraviesa nuestro país.

Felicidades a cada uno de ellas y ellos, nuevos embajadores del Instituto Chileno de Terapia Familiar en sus regiones y lugares de trabajo.

Los terapeutas titulados fueron:


Psq. Cristóbal Adriasola Barroilhet.
Ps. Catalina Bañados Andrade.
Ps. Alejandra Barros Puertas.
Ps. Cindy Bernucci Guarda.
Ps. Katherinne Cid Martínez.
Ps. Rodrigo Cordero Brevis.
Ps. Diego Errázuriz Jory.
Ps. Paulina Flores Wobbe.
Ps. Paulina  Flores Valenzuela.
Ps. Natalia Galáz Abarzúa.
Ps. Tamara Gallyas Sanhueza.
Ps. Macarena Gore González.
Ps. Francisca Gubbins Foxley.
Ps. Carmen Paz  Ilabaca Jara.
Ps. María del Pilar Jaramillo González.
Ps. Ximena Karmy Saieg.
Ps. Marie Jeanette Lasserre Fishman.
Ps. Catalina López Fluxa.
Ps. Trinidad  López Radrigán.
Ps. Elisa Loyola Marín.
Ps. Valentina Melnick Saint Marie.
Ps. Verónica Montero Prieto.
Ps. Loreto Opazo Oyarce.
Psq. Paulina Osorio Silva.
Ps. Valentina Otaegui Van Der Schraft.
Ps. Sandra Pacheco Nicklas.
Ps. Paz Paredes Sandoval.
Ps. Francisca Pérez Cortés.
Ps. Alejandra Ramírez Nieto.
Ps. Trinidad Romero Fernández.
Ps. Víctor Ruiz Maldonado.
Psq. Laura Terán Peña.
Ps. Valentina Valdés Kufferath.
Ps. Tania Vallejos Moreno.
Ps. Evelyn Velásquez Toledo.
Ps. María Beatriz Villavicencio Salas.
Ps. Marianne Wentzel Vietheer.

jueves, 21 de noviembre de 2019

Reflexiones sobre Violencia y Dignidad Humana


Nuestra sociedad se ha visto sacudida desde hace un mes por sucesos que revelan una tensión histórica entre el desprecio y el resentimiento que a ratos adquiere una forma de espiral y otras se mueve en términos circulares. Esta sacudida contiene además nuevas esperanzas recientes que pretenden desanudar, no sin costos, la tensión de muchos años.
Al quedar inmersos en la polarización que se ha desatado, conversar sobre la violencia en términos que vaya más allá de lo político y económico me parece una invitación urgente.
Más que nunca se hace necesaria una articulación diferente entre lo político, lo económico, y de manera más permanente, de lo ético.


Quisiera empezar de una manera filosófica invocando a un filósofo que hace sus reflexiones vinculadas a lo vivido como prisionero en la segunda guerra mundial y sus efectos en la los encuentros interpersonales (Levinas). Él señala que en muchos contextos algunos seres humanos se afirman sobre otros y se entregan a la violencia justificándose en aras de un futuro mejor sin ocuparse de la evidencia del dolor, el desconsuelo, la sangre y la muerte. Sin embargo, otros muchos seres humanos necesitan que pospongamos la afirmación solo de nosotros y nuestros intereses (en este punto mezquinos) para poder seguir existiendo y siendo. Para que eso ocurra hay que introducir la práctica de la responsabilidad por el otro.

¿No ha sido lo que ha ocurrido por décadas en nuestro país cuando los que han impuesto un tipo de institucionalidad con acento solo en lo económico descuidó la equidad y ha mantenido postergadas a tantas personas de una forma abusiva (esperando algún retorno del sistema que nunca llega, colusiones, corrupción, entre otras)?

¿No ha sido lo que ha ocurrido el último mes cuando en términos momentáneos, temporales y situados, se han configurado las llamadas “zonas de sacrificio” (que han existido antes en muchos lugares de la ciudad) en las que quedan postergadas muchas personas que viven ahí?

¿No se ha visto una discusión sin salida entre el abuso de los agentes del Estado que imponen una fuerza desmedida y jóvenes llamados vándalos que con violencia los enfrentan (que deja fuera otras facetas de estos jóvenes y estos carabineros) destruyendo de paso partes de la ciudad (también omito para el propósito de este comentario las marchas pacíficas a veces reprimidas sin más y que son otra forma de violentar a los que asisten)?

¿No se ha notado la dificultad de conversar sobre la violencia al quedar inmersos en la polarización desatada y que se explica solo en términos económicos y políticos descuidando la dimensión ética del cara a cara del encuentro con el otro?

En la modernidad, el discurso de los derechos humanos se asienta en las nociones de libertad e igualdad en el entendido que los seres humanos comparten una misma dignidad.

Para Levinas, cada otro (ser humano) es portador de toda la dignidad de la humanidad (más allá de una clase o de un género). Al citarlo, leo que para él, “mantenerse en la justicia, en la norma de la pura medida- o moderación- entre términos que se excluyen, sería todavía asimilar el encuentro entre miembros del género humano al encuentro entre individuos de una clase lógica que no significan para el otro sino negación, agregaciones o indiferencia”[1].

Dicho positivamente, aparece una óptica que piensa en los derechos del otro a partir de la diferencia y no de la igualdad. Para Levinas, es la diferencia y no la igualdad la que posibilita una preocupación auténtica por aquello que se identifica como derecho del otro. Por eso es que ver al otro como semejante disminuye la responsabilidad pues se ve al otro en la medida de que sea semejante a mí, fraternidad universal entre iguales, en vez de fraternidad dentro de la extrema diferencia (separación).

De esta manera es que puedo comprender que se vea sin más a todos los jóvenes manifestantes como vándalos y a todos los carabineros como asesinos, pues ninguno es para el otro un semejante en su radical diferencia humana congregada desde la inequidad histórica y la violencia circunstancial. Secuelas de esto en un tono menor son los “chaquetas amarillas” y “baila para pasar”, porque son igualmente desafiantes para los que no son semejantes. Y ni hablar de esos otros que viven en las zonas de violencia, de los niños/as que juegan en esas plazas y jardines sin poder salir de sus casas; esos no existen o deben ser semejantes a los que avalan la represión o avalan la lucha reivindicativa. Se trata de una lógica que es la cara obscena del derecho del otro cuando no se respeta su diferencia radical.

Una carta que leí de Mario Waisbluth, que solicita que cada uno pida perdón apunta a este respecto y ha sido denostado por eso, no por casualidad, debido a la no aceptación de algunas personas de considerar al otro en su radical diferencia, negándose a ser interpelados en nuestra responsabilidad.
No es fácil responsabilizarse, no solo por el mal que el otro padece sino por el mal que otro causa, pues es salirse de la polaridad, es comprender al joven, al carabinero y a los vecinos que viven y son víctimas en los barrios maltratados. Invitar a que la culpa se conduzca hacia una posibilidad de subjetividad como responsabilidad es un primer paso.

¿Existe algo así como que los derechos del otro son algo a priori?
Podríamos acordar, siguiendo a Levinas, que podría ser, si siempre y cuando, son anteriores a toda concesión, a toda tradición, a toda jurisprudencia, a toda distribución de privilegios, a toda pretensión de una voluntad que usa abusivamente de su propia y única razón. Supone ver al otro en su singularidad irreductible, infinitamente distinto que yo.

¿Cuál es el riesgo de que no sea así en términos esenciales?
La respuesta tentativa requiere de un rodeo que me acerca al quehacer que practico como profesional que debe lidiar con consideraciones psicopatológicas cuando una persona solicita ayuda para lograr algún alivio en su salud mental quebrantada.  Si me arriesgo, en situaciones como las descritas y no lo veo desde una patología, los derechos quebrantados del otro sólo pueden darse en el marco de una relación en la que el Otro no sea reducido solamente al que yo soy por el yo (la noción de Mismo como el que se autoafirma solo en su ser propio), es decir en el marco de una relación ética.

¿No es eso lo que queda resaltado en el enfrentamiento violento entre jóvenes y carabineros en estos días difíciles escudándose cada uno en la provocación del otro al punto de cambiarles la identidad a vándalos y asesinos?

De no ocurrir así, puedo atender en mi quehacer profesional a ambos en su calidad de únicos diferentes a mí en los momentos en que su dignidad es vulnerada, en el momento en que no los veo reducidos a “ser lo mismo que yo”.

Será esta relación ética la fundante de una relación auténticamente humana, en la que la singularidad del otro permanece y remite a la humanidad entera, algo no universal como puede serlo la igualdad, una singularidad única que va más allá de la individualidad de individuos múltiples en su género (Levinas). Es allí donde los individuos dejan de ser intercambiables.

La vieja frase de Kant cuando habla del imperativo categórico que dice “obra de tal modo que uses la humanidad tanto en tu persona como en la persona de cualquier otro siempre a la vez como fin y nunca solo como medio” merece una consideración a la luz de lo expuesto. Estamos lejos de una voluntad que se guía por la razón. Estamos en presencia del otro como enemigo, estamos en presencia de la ausencia “del rostro del otro” en términos literales, uno con casco, el otro encapuchado. Lo que no hay en esa situación es autonomía, ambos cumplen órdenes (aunque a veces sea vivida por los jóvenes como espontaneidad, frustración, libertad, contagio y un largo etcetera).

Hay una imposibilidad de estar ante el otro y más bien se está contra el otro. En términos de justificación cada uno aduce que lo propio es legítima defensa, reacción ante la provocación del otro. Es una situación vivida como sin comienzo, no hay proximidad para ver el rostro del otro porque si se lo viera en la cercanía de su desnudez, la violencia del mundo y de la historia tendría una posibilidad de ser interrumpida. El esfuerzo por “ser” lo “mismo” cada vez, y a cada instante “ser soberano” capta toda la fuerza del despliegue propio e impide cualquier responsabilidad por el otro. En otras palabras, es la renuncia a la identidad ontológica (en este punto, entendido como el ser solo mismo) la que permite que se abra el espacio a la singularidad del otro en el modo de la responsabilidad[2].

Un pequeño comienzo se ha abierto con los acuerdos de todos los colores políticos en esa dirección y nos han sorprendido, al menos parcialmente, en su responsabilidad para buscar una salida a través de una nueva constitución en que el otro sea protagonista desde su singularidad.

Dr. Sergio Bernales M.
Instituto Chileno de Terapia Familiar
15-11-2019





[1] E. Levinas, “Fuera del sujeto” 1997. Ed. Caparros.
[2] Agradezco la lectura de “Derechos Humanos como derechos del otro en Levinas” de Antonio López en Cuadernos de Filosofía ISSN 0120-8462, VOL. 31 2010.

miércoles, 30 de octubre de 2019

La Formación de Terapeutas Familiares y de Pareja en el Instituto Chileno de Terapia Familiar.


El IChTF, ya lleva 36 años formando terapeutas familiares y de Pareja.  ¿Cuál es el sentido de todo esto? Poner al servicio del país y las comunidades un modelo de comprensión contextual relacional que promueva la salud mental a través de la formación, intervención psicosocial y atención clínica en terapia familiar y de parejas.

Postítulo Santiago 2020 - 2022
Desde hace 36 años hemos tenido la oportunidad y privilegio de formar terapeutas que puedan colaborar en la formación y fortalecimiento de vínculos interpersonales que contribuyan a la felicidad y bienestar de las personas de nuestro país.  ¿Cómo?, ¿En qué consiste este trabajo, cuál es su sello?   Desde el origen del ICHTF lo clave es y ha sido la valoración de los contextos, los vínculos, los recursos, la subjetividad del terapeuta y las múltiples perspectivas.  

En el proceso de formación, los participantes reflexionan sobre si mismos, sus compañeros y los consultantes desde múltiples miradas, pensándose y pensándolos considerando los contextos, aprenden a intencionar la mirada buscando los recursos, y a valorar el trabajo en equipo, que es esencial para poder mirar desde múltiples lentes y encontrar recursos y signos de esperanza cuando la impotencia y desesperanza en momentos nos invaden.  

Postítulo Talca 2020 - 2022
Hemos transitado por metáforas que nos permiten ver, escuchar, nombrar y renombrar, y así acceder de alguna forma a la experiencia relacional de quienes nos consultan y de la cual somos parte.
Es así como transitamos  permanentemente  de ida y vuelta , desde una “Visión Binocular” de las relaciones  que nos permite percibir profundidad hacia  “ El caleidoscopio”   que superpone y alterna perspectivas  logrando más profundidad y coloridos; desde “la objetividad entre paréntesis” hacia la intersubjetividad; desde la búsqueda de  “La verdad con mayúscula”  hacia  la construcción de contextos que nos permitan escuchar polifonías e integran todas las voces, buscando dar espacio  a los sin voz o los que hablan bajito.


Postítulo Viña del Mar 2020 - 2022
Hemos aprendido que los encuentros terapéuticos, así como todos en la vida nos transforman en la medida que estamos abiertos a dejarnos tocar por los otros. Para facilitar esto estamos atentos a generar la posibilidad de aprender a escuchar (suspendiendo nuestras preconcepciones) y responder, dejándonos interpelar “por la mirada y tonalidad del otro”. Cuando sucede logramos experimentar la singularidad de cada encuentro es único y nos hace únicos.  La terapia familiar y de parejas; y la formación de terapeutas puede ser, al igual que la vida misma, un espacio de encuentro y transformación de las relaciones y de la propia identidad.

El modelo de comprensión contextual relacional tiene como ejes la integración de distintas perspectivas de la terapia familiar, que entran en dialogo en la formación y que los terapeutas en formación integran en forma coherente al servicio de las familias y parejas que son atendidas en nuestro centro y fuera de él.

Cada uno de los egresados de nuestros programas lleva consigo un entrenamiento que les permite:
  1. Mirar en forma amplia y compleja, diversos contextos, incluyéndose así mismos en esa comprensión.
  2. “Leer recursos” en sí mismos, en los consultantes, equipos y contextos.  Aprender a ver “lo que sí hay” y desde ahí y con esto construir nuevas opciones. “Los recursos” son nuestros aliados para trabajar transformando problemas en oportunidades.
  3. Pensar a los otros y así mismos “en relación con”. Es decir, ya no es posible pensar la subjetividad individual, sin verla como emergente de una intersubjetividad. De ahí, que la noción de co-construcción es central. Por lo tanto, se hace espontanea la lectura de los problemas y soluciones como co-construídas y lo imperioso del trabajo en red.
  4. Generar encuentros, conversaciones y diálogos transformadores, entre personas que piensan diferentes o que muchas veces el dolor les ha amurallado, o que simplemente por tener edades y lenguajes distintos, por ejemplo, niños, adolescentes y adultos no se entienden. Quienes nos formamos en ICHTF, podemos visibilizar y validar distintas voces y perspectivas; facilitar la escucha y miradas de futuro y formas concretas de acercarse a la forma de relación que los consultantes desean o necesitan.

Pensamos  que estos aprendizajes  son  transversalmente válidos  para los distintos ámbitos en los que desenvuelven nuestros egresados, y que especialmente  en este momento de nuestro  país siguen siendo muy necesarios para favorecer una cultura  que favorezca  la  valoración , cuidado y construcción permanente  de nuestras comunidades en las cuales   la forma de relacionarnos , se sustenten en la valoración de la diversidad, respeto, compromiso, colaboración, mirada apreciativa  y cuidado mutuo  




lunes, 28 de octubre de 2019

Las Preguntas y las Respuestas de la Crisis

Que es necesario que haya paz social para que haya Justicia. (¿?)
Que con el Chile movilizado, no estamos en Democracia. (¿?)
Que un carabinero de las fuerzas especiales sea sorprendido “caceroleando” (¿?)
Que militares les digan a los manifestantes, que protesten tranquilos, que ellos los protegerán. (¿?)
¿Por qué pasó esto?
¿Qué fue lo que no vimos?
¿Qué nos tenía dormidos?
¿De qué despertamos?
¿Qué país queremos?

Son tantas las frases, las imágenes, las reflexiones, los videos, las noticias- verdaderas y falsas- que nos han dejado estos días. Pero sobre todo, son tantas las preguntas que surgen después de esta semana. Yo pensé que después de vivir la dictadura y el retorno a la democracia, con sus sueños, sus rabias, sus marchas….. ya, a nosotros, los de entonces, no nos tocaría más. Ya habíamos tenido nuestra cuota de heroísmo y de significativo aporte al país. Parecía que se nos hubieran acabado las preguntas.

Es emocionante decir que estaba completamente equivocada. ¿A quién no se le ha llenado la cabeza, el corazón y el alma de preguntas en estos días?... miles de preguntas.  A todos, sin distinción de colores, de clases sociales, de edad, de ideología política, si pertenecen al gobierno, a las FFAA o a la sociedad civil.
Mamá… ¿qué es justicia?, le preguntó una niñita de 6 años a su madre.

Estoy contenta de esta explosión de preguntas. Muchas familias están conversando de temas que no habían conversado antes. Padres con sus hijos e hijas hablando de equidad… ¿Por qué equidad y no igualdad.. cuál es la diferencia?  Madres y padres llamando a sus hijos a la consecuencia y conversando de la solidaridad en sus casas, en lo cotidiano, con quienes tienen cerca. Hijos e hijas cuestionando a sus padres por situaciones que les parecen injustas o abusivas de ellos hacia otros. Familias haciéndose preguntas por la historia de nuestro país, padres, madres, tíos y abuelos compartiendo sus historias en tiempos de dictadura. Familias preguntándose por la violencia y cuestionando sus propias prácticas…. en la vida diaria. Familias que se preguntan cómo aportar a que el clamor por un nuevo trato sea escuchado o cómo se podrá reconstruir lo dañado. Padres y madres que por primera vez  tienen que  responder a sus hijos  la pregunta ¿Puedo ir a la marcha?

Estas conversaciones nuevas, también se han instalado en nuestras salas de terapia. Cómo no, si todo lo que les ocurre a las personas es en contexto (y a los terapeutas también). Somos en contexto. Imposible no tomar en sesión el impacto de lo que está ocurriendo. Todos impactados, no importa la lectura que haga cada uno de los hechos, todos impactados. Y todos, haciéndonos preguntas (por suerte a nosotros los terapeutas no nos piden respuestas, solo que escuchemos sus preguntas y los ayudemos en el camino de construir sus propias respuestas). Parejas que pueden hablar de cómo, por acostumbrarse a una relación inconfortable, incómoda, insatisfactoria, no hicieron lo suficiente por transformarla, hasta que explotó. ¿Y si le hubiera dado el peso a las señales que me diste de que esto no andaba bien? (Porque eso pasa. A veces, no es que no se diga, tampoco es que no se escuche… se dice bajo y/o lo que se escucha no se dimensiona y se deja pasar, con medidas y cambios poco sustantivos que no impiden luego, la gran crisis). Si los cambios son solo respuestas para mitigar la crisis, va a volver a ocurrir. Como ven, es posible que esté hablando de la pareja o del país… los procesos del conflicto y crisis, son los mismos.

Emocionante ver, cómo emergen en estos días, parejas que conversan en terapia de cómo encontrar puntos en común frente a la divergencia de miradas que surgen entre ellos frente al conflicto país. “Nuestros hijos merecen que encontremos lo que nos une en medio de nuestras diferencias.” Ambos estuvieron de acuerdo que lo que los unía no era la explicación que cada uno tenía respecto de lo que ocurría (invasión alienígena, v/s expresión espontánea del descontento). Sin embargo, concluyeron: que era posible que fuesen  ambas, en la necesidad de cambios profundos y en el camino no violento para lograrlo. Inicialmente, frente a lo que veían, se quedaron sin respuestas, entonces se preguntaron, conversaron y construyeron su propia respuesta.

Como terapeutas. También nos han surgido preguntas nuevas. Nuevos contextos, nuevas preguntas. Porque no es lo mismo salir a marchar  por las calles y arrancar de bombas lacrimógenas y “guanacos” a los 18 o 20 años que a los 55 o 60.  La agilidad física es lo de menos. Lo relevante son las preguntas, porque son otras las preguntas las que nos hacemos los de entonces, ahora terapeutas, ¿qué les pasaría a nuestros pacientes si nos ven en este lugar, con una olla en la mano, bajo un cartel que dice “Nos robaron tanto, que nos robaron hasta el miedo”? ¿Es necesario que nuestros pacientes conozcan nuestra ideología política o la manera de comprender la cuestión social del Chile de hoy y el conflicto en el que se expresa? ¿cuál es la mejor manera de cuidar y seguir en función  terapéutica con todos y cada una de las personas, parejas y familias que atendemos en tiempos de crisis?   A mí estas preguntas, se me han hecho presente de un modo inesperado y cuestionador. Como estas preguntas son relevantes, y no nos remiten solo a consideraciones técnicas, sino más bien a consideraciones éticas, creo que tardaré un tiempo en construir alguna (espero que no demasiado) y necesitaré varias conversaciones significativas con otros para lograrlo.

Ojalá que, en el apuro por resolver la crisis, quienes gobiernan no lleguen a respuestas rápidas, no cierren el imprescindible proceso de preguntarnos y de preguntarse, de verdad. Que tengan la sensatez de construir respuestas relevantes ante las preguntas difíciles que surgen. No será fácil. Estamos formados y entrenados para responder, valoramos tener respuestas, se nos exigen respuestas. Las valoramos mucho más que formularnos preguntas.  Sería bueno escuchar de nuestros gobernantes algo así como: “En el escenario actual, tenemos que CONSTRUIR nuevas respuestas. Las que teníamos, ya no nos sirven. Los sucesos de esta semana han puesto en jaque (mate) nuestras miradas, tenemos que repensar para poder responder en base a la realidad de hoy, porque ésta, nos obliga revisar nuestras comprensiones y las respuestas debemos darlas en repuesta a la comprensión de lo que se nos ha develado en estos días … y esto, no podemos hacerlo solos, sino con ustedes”
¿Imposible?

Las respuestas deben ser “situadas”, en un contexto, en un momento. Las respuestas que no recogen lo que ocurre en lo profundo en nuestro país, las respuestas automáticas, las respuestas dadas porque es necesario responder a la urgencia, no alcanzan para recoger la profundidad de los fenómenos que éstas intentan explicar y resolver. Y, me temo, que las respuestas construidas entre los mismos, en el fondo, corren el riesgo de ser las respuestas de siempre.

Para los de entonces- no se  habían acabado las preguntas. Tampoco se habían agotado   los sueños, ni las rabias, ni las marchas. Ahora, a ir por más…. para todos.

Ps. Claudia Cáceres Pérez.

martes, 22 de octubre de 2019

UNA REFLEXIÓN TRASNOCHADA DEL DÍA VIERNES 18 DE OCTUBRE DR. SERGIO BERNALES M.


Una reflexión trasnochada del día viernes  18 de Octubre
Dr. Sergio Bernales M.

¿Es una vuelta a la utopía lo que estamos viviendo?
¿Es esto posible?
¿O sólo lo explica la emocionalidad?

Algunas razones que pueden explicar lo que sucede:

1.- Los seres humanos somos una mezcla de individuo libre e individuo social determinado por un proyecto de libertad y de comunidad.
2.- El proyecto comunitario en la modernidad dio origen al socialismo. El proyecto de libertad individual permitió la llamada sociedad libre con énfasis en los derechos individuales.
3. El proyecto comunitario se asentó en los socialismos reales, el proyecto de libertad individual en el crecimiento económico basado en el consumo.
4.- Los socialismos reales fracasaron, pero no su utopía emocional en Chile. El gobierno administra la idea de crecimiento sin utopía y moviliza emociones vinculadas a las pérdidas ligadas a los derechos sociales individuales.
5.- El anarquismo se hace cargo de esa tensión y conduce la asonada social.
6.- La gente que se siente vulnerada participa desde lo emocional utópico desde dos lados: estando en contra del gobierno  y sintiéndose impotente de generar soluciones, sin reflexionar que el perjuicio del resultado será mayor si se desbanda hacia un anarco-liberalismo.
7.- Lo que antes era una oposición ciudadana canalizada en proyectos políticos hoy es una oposición sin proyectos y dividida.
8.- Los administradores  de estos residuos utópicos es la masa frustrada que arremete contra el poder que hiere sus sueños individuales y comunitarios sin tener claro hacia dónde dirigirse sintiéndose sin salida y sin líderes que los orienten.
9.- El gobierno queda desbordado, la oposición sin proyecto queda también fuera.
10.- La utopía emocional sin liderazgo se convierte entonces en estallido social y es lo que vivimos.
11.- El sociólogo E. Durkheim señala  el momento en el que los vínculos sociales se debilitan y la sociedad pierde su fuerza para integrar y regular adecuadamente a los individuos generando fenómenos sociales tales como la anomia.

Queda por saber cómo se resolverá lo que está pasando, lo seguro es que no estábamos en un oasis, como lo dijo Piñera.

Con lo escrito, he querido expresar alguna distinción y hacerme una pregunta que permita explicarme algo de este estallido social. En su transcurso aparecen muchísimos matices, que al encontrarlos en su dimensión pacífica y creativa me devuelve un cierto optimismo.
Por ahora, me parece que el divorcio del individuo social y el de la libertad individual solo se están encontrando en la escalada simétrica en el que cada polo defiende mal lo suyo. Si se lo pensara en términos de terapia sistémica, y solo como un ejercicio cívico, al individuo social se lo legitima en sus reivindicaciones de justicia, integración y deseo de lo en común y se lo contiene en las formas de obtenerlo (sin violencia destructora); al de la libertad  individual se lo legitima en su capacidad de elegir y conducirse y se lo contiene en la aceptación de las reglas sociales en que se inserta y quizás en la postergación de sus deseos materiales inmediatos.

En los días posteriores y ante la radicalización de lo que está aconteciendo me surge una reflexión que quizás distingue un fenómeno más polémico respecto a lo que estamos viviendo como crisis.
Cuesta entender haber participado desde hace meses, tanto en nuestro trabajo profesional en psicosocial como en la participación en políticas públicas a las que hemos sido invitados, de la situación de vulneración de NNA de parte del Estado, del reclamo sobre las pensiones, de la atención en salud y sus largas listas de espera, del misérrimo sueldo mínimo, de los abusos en muchas instituciones de servicios que los prestan deficitariamente, de las largas colas de los paraderos, de la insensibilidad del gobierno que se justificaba en medidas tecnocráticas amparadas por contratos que no había firmado esta administración, más un largo etcétera, junto a una propaganda que invita a comprar todo tipo de cosas que se ofrecen a crédito y permite un endeudamiento de la población más allá de sus reales posibilidades. Agrego el discurso, ya no creíble, de la conjunción de una crisis económica USA-China y la eterna promesa de tiempos mejores en un mañana que nunca llega.

Lo que habitualmente veíamos era la vieja pobreza, una clase media emergente (a veces más bien en el papel) y la presencia de una nueva generación con otra postura ante la vida, la sociedad y los otros. Con esos antecedentes, cómo no haber intuido, si nos jactamos de ser sistémicos y contextuales relacionales, la presión de una olla por reventar expresada en la fuerza y virulencia de la protesta en curso.

En un artículo leí, a propósito de la película Guasón, que “tras el asesinato, el Guasón explica que su acción es el reclamo de los que nada tienen, de los que sufren sin que nadie se detenga a ayudarlo, y de los que simplemente no existen para el mundo”, quizás una fuente inspiradora de este tipo de estallido social.

Esa es en buena parte la discusión. El tejido social se ha debilitado debido a esas injusticias en un sistema que se llama a sí mismo democrático y que el gobierno ratifica.  Sin embargo, funcionar democráticamente supone erradicar del vocabulario del presidente la palabra guerra como la empleó el domingo y usar su autoridad para hacer cumplir las reglas democráticas en pro de la convivencia social. Ni que hablar todavía, en estos términos, de un nuevo acuerdo nacional.
A ello quiero agregar mi mirada de los manifestantes. Hay dos grupos: uno más bien carnavalesco cuya protesta es festiva y pacífica (como dice Carlos Peña) y otro violentista que saquea lo que encuentra a su paso, ambos con una presencia mayoritaria de jóvenes inmediatistas (como suelen ser los jóvenes), en estos tiempos más apegados al consumo (¿algunos o muchos? ), unos porque quieren más, los otros porque no pueden, ambos intolerantes con la frustración. A ellos se suma el descontento de personas que sufren la inequidad más que la antigua pobreza (Chile, país pobre la ha reducido de 40% a 10% según señala la Fundación para la Pobreza en los últimos decenios), que sufren y enojan de observar la corrupción ya probada de militares y carabineros (como lo han demostrado las instancias judiciales), pasando por la enorme crisis de las iglesias, que sufren de ver los castigos nimios a empresarios inescrupulosos (ya ni necesario de ser nombrados), situaciones todas ellas que desacreditan a las instituciones. Se suma a lo anterior un aparato legislativo visto como inoperante, farandulero y clientelista, hasta culminar con una tendencia a judicializar todo tipo de conflictos vinculados a los derechos humanos y sociales, para peor sin resultados, agravantes del descontento social.

Hay en todo esto, más que la pobreza, una protesta sobre la inequidad, la de la clase media emergente que quiere consumir más y rápido, liderada espontáneamente por el cambio generacional y un tejido social contaminado por el individualismo neoliberal preconizado por el gobierno de un modo inconsecuente y sin autoridad.

Como decía el escritor Jorge Semprún respecto de esta generación de jóvenes que nos está sucediendo (una generación  que lo quiere todo YA), el tema no es “que mundo le voy a dejar a los hijos sino a qué hijos les dejo el mundo”.

Esta enorme protesta y revuelta nos hace ver que estamos ante una crisis de gobernabilidad democrática que la hace peligrar y la desafía, con el riesgo de volver a una dictadura que se vuelve a asomar a la vuelta de la esquina y nos recuerda un pasado al que no quisiéramos volver o en poco tiempo a gobiernos populistas que nos aseguran la inutilidad de las protestas sin conducción política.
Esto no lo ven los políticos de oposición y no lo administra el actual gobierno.

El resultado ha sido un tipo de protesta pacífica  (de mayor conciencia política, a mi juicio algo ingenua) y otra anómica (con mayor conciencia del conflicto y sin temor de él, por eso más violenta) que se expresa en dos tipos, los que roban y saquean y los que rompen bienes públicos e incendian después de saquear. Y para mayor desgracia, el gobierno llama a las instituciones que más se han visto envueltas en la corrupción a poner orden, porque no lo ha podido hacer solo, desoyendo la necesidad de cambios en equidad que la sociedad reclama, vaya paradoja.

El drama es que los que habitualmente sufren serán los más perjudicados si persiste lo que en mi opinión se observa: un movimiento sin conducción y sin líderes que se sitúen como interlocutores válidos para canalizar este reclamo de inequidad y permita un nuevo pacto social que debe ser necesariamente político y bajo formas democráticas.

Me gustaría finalizar con algún párrafo optimista y el único que se me ocurre es la invitación a participar en las instituciones intermedias de las que formamos parte como terapeutas, como profesionales en temas de interés público, como padres, como barrio y como ciudadanos, con el objetivo de ayudar en la mantención de una democracia que no se defienda solo con el voto.


lunes, 14 de octubre de 2019

POR QUÉ PROMOVER LA TERAPIA FAMILIAR EN UN PROCESO DE DUELO



1.- Porque vivimos en una cultura con una fuerte tendencia a no hablar de la muerte o del dolor.
Que busca la pronta recuperación frente a estos procesos, ojalá sin hablarlos para no generar más dolor en el otro. Quedando las familias sin un soporte social que permita la expresión de los sentimientos asociados al duelo y que permita compartir la experiencia de la muerte, una vez que han pasado los rituales funerarios. Siendo que el proceso de duelo se prolonga por un tiempo bastante mayor.

2.- Porque permite acompañarse.
Suele existir un mito respecto de compartir los sentimientos dolorosos, como si expresarlos pudiera contagiar al otro de algo desagradable, que es mejor evitar sentir.  Sin embargo, el alivio de vivir la pena con alguien lejos de contagiar, permite mirar que a todos les está pasando y que compartirlo en un espacio protegido y acotado como es el espacio de la Terapia Familiar finalmente alivia.

3.- Porque la consulta a Terapia específicamente por Duelo es poco frecuente. 
Si bien existe acuerdo en que es beneficioso para las familias la terapia ante situaciones de pérdida, generalmente la consulta surge con posterioridad por síntomas que por sí mismos no dan cuenta de un proceso de duelo no elaborado, pero que pueden estar vinculados.  Síntomas generales tales como, retraimiento, problemas de conducta o de rendimiento escolar en alguno de los hijos, desmotivación, irritabilidad, sintomatología depresiva en alguno de los adultos, etc. Un proceso de Terapia Familiar permite elaborar la pérdida y comprender sus manifestaciones individuales y familiares, disminuyendo con esto el sufrimiento, cuando éste es compartido e integrado colectivamente en la familia. Independientemente del tiempo transcurrido desde la pérdida, un proceso de duelo puede generar estancamiento emocional de la familia en torno al dolor y sus manifestaciones o síntomas, lo que amerita de un proceso de terapia para su elaboración.

4.- Porque les pasó a todos: es la misma pérdida, pero son distintos duelos. 
Cada miembro de la familia tenía una relación particular y propia con la persona perdida. Todos perdieron a un miembro de la familia, pero para cada uno representaba algo distinto.  Asimismo, las familias que experimentan duelos, ante el temor sobre qué hacer con la angustia y los estados emocionales de sus miembros, pueden evitar o limitar las conversaciones de este tema entre sus integrantes. La posibilidad de compartir las distintas emociones, así como mirar las diferencias que aparecen en los distintos miembros de la familia, facilita la elaboración colectiva del duelo.


5.- Porque permite normalizar la experiencia.
La literatura define el duelo y las etapas por las que debieran pasar las personas, sin embargo, cada experiencia es única. Al interior de la familia, se van experimentando las distintas reacciones ante la pérdida en tiempos distintos, con intensidades distintas.  El proceso de duelo no es un proceso lineal, esto hace que muchas veces las personas queden con la sensación de estar retrocediendo, cuando por ejemplo en un aniversario, vuelven a sentir como si la pérdida hubiese sucedido recién.

6.- Porque existen pérdidas que puedes ser procesadas individual y colectivamente sin necesidad de terapia y otras que si lo requerirán.
Estas últimas son aquellas que podemos calificar de traumáticas, imprimen una sensación de quiebre irremediable que requiere apoyo terapéutico en la búsqueda de otorgarle algún sentido a la experiencia de muerte, que permita continuar con la vida.

7.- Porque el terapeuta está capacitado para acompañar el sufrimiento del sistema familiar y durante el proceso terapéutico, transmitir la tranquilidad y la esperanza de que en algún momento aparecerá la sensación de estar saliendo de la profundidad del dolor.

8.- Porque culturalmente puede existir apoyo para el dolor asociado a una pérdida, sin embargo, emergen otras emociones, además del dolor, difíciles de acompañar tales como la culpa, la rabia y la desesperanza
La culpa es una de las emociones difíciles de manejar en los casos de pérdida, sobre todo en la pérdida por muerte. Puede aparecer la culpa de sobrevivencia “porque él o ella y no yo”; la culpa de no haberlo podido evitar “si hubiera estado ahí”, “si lo hubiera llamado ese día”.  Esta culpa es particularmente difícil de manejar en el caso de la pérdida de un hijo.
La desesperanza, que surge ante la sensación de que no existe consuelo frente a tanto dolor, con la sensación de que es un dolor que no cesa, puede llevar al deseo de no querer seguir viviendo. Situación que requiere apoyo terapéutico.
Surge la rabia frente al quiebre que representa la muerte o la pérdida, dejando proyectos inconclusos que incluían a quien ya no está, rabia por la sensación de abandono. Esta emoción no es tan validada socialmente y tampoco socialmente sabemos qué hacer con ella, por eso el espacio terapéutico puede ser un espacio contenido para expresarla.
El dolor es el sentimiento socialmente más aceptado, sin embargo, las personas que han vivido una pérdida, muchas veces no saben qué hacer don el dolor, cuánto tiempo durará y si va a terminar en algún momento. El espacio terapéutico permite ayudar a las familias a darle un sentido a ese dolor, permitiendo que ocupe un espacio legítimo en la psique humana, más que intentar eliminarlo.

9.- Porque en ocasiones aparece el duelo de manera fragmentada apareciendo las distintas emociones repartidas en distintos miembros del sistema familiar, siendo por ejemplo un miembro el representante del dolor, manifestando constantemente sólo su pena, otro de la negación, no queriendo hablar del tema, otro la rabia, etc. La fragmentación estaría entonces en la dificultad de los miembros para experimentar la totalidad de las emociones propias de un proceso de duelo.

10.- Porque se puede crecer desde el dolor.
Compartir en un espacio protegido como es la terapia, una experiencia tan dolorosa, permite redefinir la identidad personal y familiar, hacia una nueva identidad que ya no incluye a la persona perdida pero que la integra en una nueva dimensión, permitiendo experimentar la oportunidad de crecer a partir de un proceso de duelo.


Marcela Flores Pascual
Psicóloga Clínica – Docente y Supervisora IChTF