martes, 20 de diciembre de 2016

El desafío de criar dos hijos pequeños: Ahora somos cuatro

 Según cifras nacionales actualmente el número de hijos por mujer ha descendido a 1,9; si bien esta cifra da cuenta que hoy muchas familias tienen un solo hijo , aún permanece la realidad de otras, que tienen dos o más niños.

Considerando esta realidad y a partir de nuestra experiencia clínica con familias de hijos en el período de infancia temprana, nos parece necesario observar y reflexionar detenidamente qué ocurre en las familias enfrentadas al desafío de la llegada de un segundo hijo, especialmente cuando esta incorporación sucede en momentos en que el hijo mayor todavía es un bebé o es apenas un preescolar.

Usualmente la llegada del primer hijo es vivida por los padres como una experiencia nueva, cargada de temores y/o fantasías idealizadas, siendo muchas veces experimentada con cierta ingenuidad. A diferencia de esto, al momento de ser padres por segunda vez, éstos ya han comprendido el desafío al que se enfrentan. Saben así que los hijos, junto con traer generalmente una inmensa alegría, también implican una alta exigencia y demanda en todos los sentidos. Esto es más claro aun cuando los padres han vivido experiencias difíciles alrededor de la llegada del primer hijo, como partos prematuros, depresión post parto, dificultades médicas, conflictos de pareja, u otros.

Con el arribo del primer hijo, la familia se reorganiza y la pareja suma al rol conyugal, el rol parental. La llegada de un segundo niño si bien pudiera parecer un cambio menos drástico, también implica desafíos significativos, algunos de los cuales son comentados en el entorno social y familiar y parecen ser anticipados por los padres, como enfrentar los eventuales celos del hijo mayor, o encarar la agotadora misión de cuidar a dos niños pequeños. Nuevamente se trata de una crisis normativa, es decir esperable, pero crisis al fin y al cabo que requiere de una nueva reorganización familiar.

El modo cómo se reorganiza la familia frente a la llegada del segundo hijo, es decisivo para la evolución de la misma y especialmente para el desarrollo de los pequeños, que ahora ya son dos y agregan un nuevo subsistema: la fratría (subsistema de hermanos). Si la transformación familiar es bien resuelta, los padres podrán satisfacer las necesidades emocionales y físicas de sus hijos y todos los miembros del sistema, incluido el bebé, podrán adaptarse a la nueva realidad.

Lo complejo es que un número no menor de familias, transita esta crisis de una manera en que los subsistemas y cada uno de sus miembros no logra integrar esta realidad de un modo en que todos salgan beneficiados y el grupo avance efectivamente hacia la nueva etapa del ciclo vital que les toca vivir. En estas situaciones, los padres tienden a enfrentar de manera poco flexible la nueva situación, no siendo de extrañar que se “repartan” rígidamente el cuidado de los hijos, casi como quien se distribuye tareas domésticas, más centrados en la repartición del trabajo de criar que en las necesidades emocionales de los niños.

La consecuencia más habitual en esta manera de resolver es que se desarrollen alianzas rígidas entre los miembros de la familia, lo que atenta contra la necesidad de una integración sólida y fluida entre sus miembros. Específicamente suele ocurrir que con la intención de que la madre no se sobrecargue, el padre se hace cargo del hijo mayor, dejando espacio y tiempo para que la madre se dedique al recién nacido. Si bien esto puede tener sentido y cierta utilidad práctica los primeros días, el problema es que esta situación puede cronificarse, con el consiguiente costo para la relación de pareja, para el desarrollo de la naciente fratría, y para el fortalecimiento del vínculo de cada niño con su padre y su madre.

En estos casos se aprecia que los padres, pese a querer mucho a sus hijos, pierden de vista las necesidades emocionales de éstos, y no contemplan que aún son pequeños y necesitan la compañía y contención de ambos adultos, así como requieren de espacios para compartir con el hermano o la hermana. Además, dejan de visualizarlos como “sujetos”, tendiendo a verlos como “objetos”. Por ello no es de sorprender que a veces consideren a los bebés y niños pequeños como miembros que no se ven afectados por las dinámicas del medio familiar, y que, por lo tanto, no requieren de explicaciones ni de una especial contención frente al cambio que implica, por ejemplo, la incorporación de un cuarto miembro a la familia. Así señalan “para qué le vamos a contar lo que ocurre, si es guagua y no entiende, no se da cuenta”.

El trabajo clínico que se realiza en INICIA en torno a estas dificultades se centra en ayudar a las familias a transitar por esta etapa logrando un nuevo equilibrio donde cada uno sea reconocido en sus necesidades.

Un primer punto, que nos proponemos con las familias que nos consultan es que los padres reconozcan que la llegada de un hijo comienza mucho antes del nacimiento o la adopción de este bebé y que el sistema familiar y cada uno de sus integrantes se verán afectados con esta experiencia.

Además comunicamos a los padres la importancia de considerar a los hijos, por muy pequeños que sean, como sujetos, es decir como personas capaces de sentir y registrar la experiencia del mundo que los rodea (especialmente en relación a sus seres significativos) y capaces de actuar sobre la realidad. Esto implica poder “mentalizar” a los hijos, es decir poder reconocer en ellos estados mentales. El objetivo es que puedan visibilizar, cotidianamente, que los pequeños son sujetos con necesidades y procesos psíquicos y físicos, es decir con emociones, sensaciones, ritmos, etc. Tener presente esto, le permite a los padres, considerar a los hijos, calmarlos y enseñarles a calmarse, lo que en lenguaje psicológico equivale a regularlos y ayudarles a autoregularse. Esto es muy importante, ya que cuando no ocurre, muchas veces madres y padres pueden terminar considerando a sus pequeños como un “bebé cartera”, un ente al que uno sienta, para, acuesta, traslada, perdiendo de vista su subjetividad

Coherentemente con esta postura, trabajamos en ayudar a los padres a identificar qué siente y piensa el primer hijo con la llegada de su hermano y compartir con él la llegada de este nuevo miembro. Este compartir implica conversar con él respecto del hermanito que se apronta y hacerlo participe de las actividades asociadas a su arribo. Del mismo modo buscamos que los padres puedan mentalizar a su segundo hijo, aun antes de llegar, y puedan comprender qué siente y piensa el bebé, al sumarse a esta familia.

También nos proponemos que los padres puedan considerar la unicidad de cada uno de sus dos hijos, el mayor y el por nacer o recién nacido. En este sentido es importante que se abran a considerar que son niños distintos y que lo que fue útil con uno, no es necesariamente con el otro.

Finalmente, para que no ocurra que cada padre se dedique exclusivamente a uno de sus hijos, procuramos apoyarlos en la valoración del espacio familiar, en favorecer los espacios de a cuatro y en flexibilizar sus roles y cuidados en relación a los niños.




*Para facilitar la lectura, hemos usado el término hijo, niño o algún equivalente, en masculino, sin embargo buscamos aludir tanto a los hijos y niños como las hijas y niñas. 


Equipo Unidad de Vínculos Tempranos INICIA