lunes, 28 de octubre de 2019

Las Preguntas y las Respuestas de la Crisis

Que es necesario que haya paz social para que haya Justicia. (¿?)
Que con el Chile movilizado, no estamos en Democracia. (¿?)
Que un carabinero de las fuerzas especiales sea sorprendido “caceroleando” (¿?)
Que militares les digan a los manifestantes, que protesten tranquilos, que ellos los protegerán. (¿?)
¿Por qué pasó esto?
¿Qué fue lo que no vimos?
¿Qué nos tenía dormidos?
¿De qué despertamos?
¿Qué país queremos?

Son tantas las frases, las imágenes, las reflexiones, los videos, las noticias- verdaderas y falsas- que nos han dejado estos días. Pero sobre todo, son tantas las preguntas que surgen después de esta semana. Yo pensé que después de vivir la dictadura y el retorno a la democracia, con sus sueños, sus rabias, sus marchas….. ya, a nosotros, los de entonces, no nos tocaría más. Ya habíamos tenido nuestra cuota de heroísmo y de significativo aporte al país. Parecía que se nos hubieran acabado las preguntas.

Es emocionante decir que estaba completamente equivocada. ¿A quién no se le ha llenado la cabeza, el corazón y el alma de preguntas en estos días?... miles de preguntas.  A todos, sin distinción de colores, de clases sociales, de edad, de ideología política, si pertenecen al gobierno, a las FFAA o a la sociedad civil.
Mamá… ¿qué es justicia?, le preguntó una niñita de 6 años a su madre.

Estoy contenta de esta explosión de preguntas. Muchas familias están conversando de temas que no habían conversado antes. Padres con sus hijos e hijas hablando de equidad… ¿Por qué equidad y no igualdad.. cuál es la diferencia?  Madres y padres llamando a sus hijos a la consecuencia y conversando de la solidaridad en sus casas, en lo cotidiano, con quienes tienen cerca. Hijos e hijas cuestionando a sus padres por situaciones que les parecen injustas o abusivas de ellos hacia otros. Familias haciéndose preguntas por la historia de nuestro país, padres, madres, tíos y abuelos compartiendo sus historias en tiempos de dictadura. Familias preguntándose por la violencia y cuestionando sus propias prácticas…. en la vida diaria. Familias que se preguntan cómo aportar a que el clamor por un nuevo trato sea escuchado o cómo se podrá reconstruir lo dañado. Padres y madres que por primera vez  tienen que  responder a sus hijos  la pregunta ¿Puedo ir a la marcha?

Estas conversaciones nuevas, también se han instalado en nuestras salas de terapia. Cómo no, si todo lo que les ocurre a las personas es en contexto (y a los terapeutas también). Somos en contexto. Imposible no tomar en sesión el impacto de lo que está ocurriendo. Todos impactados, no importa la lectura que haga cada uno de los hechos, todos impactados. Y todos, haciéndonos preguntas (por suerte a nosotros los terapeutas no nos piden respuestas, solo que escuchemos sus preguntas y los ayudemos en el camino de construir sus propias respuestas). Parejas que pueden hablar de cómo, por acostumbrarse a una relación inconfortable, incómoda, insatisfactoria, no hicieron lo suficiente por transformarla, hasta que explotó. ¿Y si le hubiera dado el peso a las señales que me diste de que esto no andaba bien? (Porque eso pasa. A veces, no es que no se diga, tampoco es que no se escuche… se dice bajo y/o lo que se escucha no se dimensiona y se deja pasar, con medidas y cambios poco sustantivos que no impiden luego, la gran crisis). Si los cambios son solo respuestas para mitigar la crisis, va a volver a ocurrir. Como ven, es posible que esté hablando de la pareja o del país… los procesos del conflicto y crisis, son los mismos.

Emocionante ver, cómo emergen en estos días, parejas que conversan en terapia de cómo encontrar puntos en común frente a la divergencia de miradas que surgen entre ellos frente al conflicto país. “Nuestros hijos merecen que encontremos lo que nos une en medio de nuestras diferencias.” Ambos estuvieron de acuerdo que lo que los unía no era la explicación que cada uno tenía respecto de lo que ocurría (invasión alienígena, v/s expresión espontánea del descontento). Sin embargo, concluyeron: que era posible que fuesen  ambas, en la necesidad de cambios profundos y en el camino no violento para lograrlo. Inicialmente, frente a lo que veían, se quedaron sin respuestas, entonces se preguntaron, conversaron y construyeron su propia respuesta.

Como terapeutas. También nos han surgido preguntas nuevas. Nuevos contextos, nuevas preguntas. Porque no es lo mismo salir a marchar  por las calles y arrancar de bombas lacrimógenas y “guanacos” a los 18 o 20 años que a los 55 o 60.  La agilidad física es lo de menos. Lo relevante son las preguntas, porque son otras las preguntas las que nos hacemos los de entonces, ahora terapeutas, ¿qué les pasaría a nuestros pacientes si nos ven en este lugar, con una olla en la mano, bajo un cartel que dice “Nos robaron tanto, que nos robaron hasta el miedo”? ¿Es necesario que nuestros pacientes conozcan nuestra ideología política o la manera de comprender la cuestión social del Chile de hoy y el conflicto en el que se expresa? ¿cuál es la mejor manera de cuidar y seguir en función  terapéutica con todos y cada una de las personas, parejas y familias que atendemos en tiempos de crisis?   A mí estas preguntas, se me han hecho presente de un modo inesperado y cuestionador. Como estas preguntas son relevantes, y no nos remiten solo a consideraciones técnicas, sino más bien a consideraciones éticas, creo que tardaré un tiempo en construir alguna (espero que no demasiado) y necesitaré varias conversaciones significativas con otros para lograrlo.

Ojalá que, en el apuro por resolver la crisis, quienes gobiernan no lleguen a respuestas rápidas, no cierren el imprescindible proceso de preguntarnos y de preguntarse, de verdad. Que tengan la sensatez de construir respuestas relevantes ante las preguntas difíciles que surgen. No será fácil. Estamos formados y entrenados para responder, valoramos tener respuestas, se nos exigen respuestas. Las valoramos mucho más que formularnos preguntas.  Sería bueno escuchar de nuestros gobernantes algo así como: “En el escenario actual, tenemos que CONSTRUIR nuevas respuestas. Las que teníamos, ya no nos sirven. Los sucesos de esta semana han puesto en jaque (mate) nuestras miradas, tenemos que repensar para poder responder en base a la realidad de hoy, porque ésta, nos obliga revisar nuestras comprensiones y las respuestas debemos darlas en repuesta a la comprensión de lo que se nos ha develado en estos días … y esto, no podemos hacerlo solos, sino con ustedes”
¿Imposible?

Las respuestas deben ser “situadas”, en un contexto, en un momento. Las respuestas que no recogen lo que ocurre en lo profundo en nuestro país, las respuestas automáticas, las respuestas dadas porque es necesario responder a la urgencia, no alcanzan para recoger la profundidad de los fenómenos que éstas intentan explicar y resolver. Y, me temo, que las respuestas construidas entre los mismos, en el fondo, corren el riesgo de ser las respuestas de siempre.

Para los de entonces- no se  habían acabado las preguntas. Tampoco se habían agotado   los sueños, ni las rabias, ni las marchas. Ahora, a ir por más…. para todos.

Ps. Claudia Cáceres Pérez.

martes, 22 de octubre de 2019

UNA REFLEXIÓN TRASNOCHADA DEL DÍA VIERNES 18 DE OCTUBRE DR. SERGIO BERNALES M.


Una reflexión trasnochada del día viernes  18 de Octubre
Dr. Sergio Bernales M.

¿Es una vuelta a la utopía lo que estamos viviendo?
¿Es esto posible?
¿O sólo lo explica la emocionalidad?

Algunas razones que pueden explicar lo que sucede:

1.- Los seres humanos somos una mezcla de individuo libre e individuo social determinado por un proyecto de libertad y de comunidad.
2.- El proyecto comunitario en la modernidad dio origen al socialismo. El proyecto de libertad individual permitió la llamada sociedad libre con énfasis en los derechos individuales.
3. El proyecto comunitario se asentó en los socialismos reales, el proyecto de libertad individual en el crecimiento económico basado en el consumo.
4.- Los socialismos reales fracasaron, pero no su utopía emocional en Chile. El gobierno administra la idea de crecimiento sin utopía y moviliza emociones vinculadas a las pérdidas ligadas a los derechos sociales individuales.
5.- El anarquismo se hace cargo de esa tensión y conduce la asonada social.
6.- La gente que se siente vulnerada participa desde lo emocional utópico desde dos lados: estando en contra del gobierno  y sintiéndose impotente de generar soluciones, sin reflexionar que el perjuicio del resultado será mayor si se desbanda hacia un anarco-liberalismo.
7.- Lo que antes era una oposición ciudadana canalizada en proyectos políticos hoy es una oposición sin proyectos y dividida.
8.- Los administradores  de estos residuos utópicos es la masa frustrada que arremete contra el poder que hiere sus sueños individuales y comunitarios sin tener claro hacia dónde dirigirse sintiéndose sin salida y sin líderes que los orienten.
9.- El gobierno queda desbordado, la oposición sin proyecto queda también fuera.
10.- La utopía emocional sin liderazgo se convierte entonces en estallido social y es lo que vivimos.
11.- El sociólogo E. Durkheim señala  el momento en el que los vínculos sociales se debilitan y la sociedad pierde su fuerza para integrar y regular adecuadamente a los individuos generando fenómenos sociales tales como la anomia.

Queda por saber cómo se resolverá lo que está pasando, lo seguro es que no estábamos en un oasis, como lo dijo Piñera.

Con lo escrito, he querido expresar alguna distinción y hacerme una pregunta que permita explicarme algo de este estallido social. En su transcurso aparecen muchísimos matices, que al encontrarlos en su dimensión pacífica y creativa me devuelve un cierto optimismo.
Por ahora, me parece que el divorcio del individuo social y el de la libertad individual solo se están encontrando en la escalada simétrica en el que cada polo defiende mal lo suyo. Si se lo pensara en términos de terapia sistémica, y solo como un ejercicio cívico, al individuo social se lo legitima en sus reivindicaciones de justicia, integración y deseo de lo en común y se lo contiene en las formas de obtenerlo (sin violencia destructora); al de la libertad  individual se lo legitima en su capacidad de elegir y conducirse y se lo contiene en la aceptación de las reglas sociales en que se inserta y quizás en la postergación de sus deseos materiales inmediatos.

En los días posteriores y ante la radicalización de lo que está aconteciendo me surge una reflexión que quizás distingue un fenómeno más polémico respecto a lo que estamos viviendo como crisis.
Cuesta entender haber participado desde hace meses, tanto en nuestro trabajo profesional en psicosocial como en la participación en políticas públicas a las que hemos sido invitados, de la situación de vulneración de NNA de parte del Estado, del reclamo sobre las pensiones, de la atención en salud y sus largas listas de espera, del misérrimo sueldo mínimo, de los abusos en muchas instituciones de servicios que los prestan deficitariamente, de las largas colas de los paraderos, de la insensibilidad del gobierno que se justificaba en medidas tecnocráticas amparadas por contratos que no había firmado esta administración, más un largo etcétera, junto a una propaganda que invita a comprar todo tipo de cosas que se ofrecen a crédito y permite un endeudamiento de la población más allá de sus reales posibilidades. Agrego el discurso, ya no creíble, de la conjunción de una crisis económica USA-China y la eterna promesa de tiempos mejores en un mañana que nunca llega.

Lo que habitualmente veíamos era la vieja pobreza, una clase media emergente (a veces más bien en el papel) y la presencia de una nueva generación con otra postura ante la vida, la sociedad y los otros. Con esos antecedentes, cómo no haber intuido, si nos jactamos de ser sistémicos y contextuales relacionales, la presión de una olla por reventar expresada en la fuerza y virulencia de la protesta en curso.

En un artículo leí, a propósito de la película Guasón, que “tras el asesinato, el Guasón explica que su acción es el reclamo de los que nada tienen, de los que sufren sin que nadie se detenga a ayudarlo, y de los que simplemente no existen para el mundo”, quizás una fuente inspiradora de este tipo de estallido social.

Esa es en buena parte la discusión. El tejido social se ha debilitado debido a esas injusticias en un sistema que se llama a sí mismo democrático y que el gobierno ratifica.  Sin embargo, funcionar democráticamente supone erradicar del vocabulario del presidente la palabra guerra como la empleó el domingo y usar su autoridad para hacer cumplir las reglas democráticas en pro de la convivencia social. Ni que hablar todavía, en estos términos, de un nuevo acuerdo nacional.
A ello quiero agregar mi mirada de los manifestantes. Hay dos grupos: uno más bien carnavalesco cuya protesta es festiva y pacífica (como dice Carlos Peña) y otro violentista que saquea lo que encuentra a su paso, ambos con una presencia mayoritaria de jóvenes inmediatistas (como suelen ser los jóvenes), en estos tiempos más apegados al consumo (¿algunos o muchos? ), unos porque quieren más, los otros porque no pueden, ambos intolerantes con la frustración. A ellos se suma el descontento de personas que sufren la inequidad más que la antigua pobreza (Chile, país pobre la ha reducido de 40% a 10% según señala la Fundación para la Pobreza en los últimos decenios), que sufren y enojan de observar la corrupción ya probada de militares y carabineros (como lo han demostrado las instancias judiciales), pasando por la enorme crisis de las iglesias, que sufren de ver los castigos nimios a empresarios inescrupulosos (ya ni necesario de ser nombrados), situaciones todas ellas que desacreditan a las instituciones. Se suma a lo anterior un aparato legislativo visto como inoperante, farandulero y clientelista, hasta culminar con una tendencia a judicializar todo tipo de conflictos vinculados a los derechos humanos y sociales, para peor sin resultados, agravantes del descontento social.

Hay en todo esto, más que la pobreza, una protesta sobre la inequidad, la de la clase media emergente que quiere consumir más y rápido, liderada espontáneamente por el cambio generacional y un tejido social contaminado por el individualismo neoliberal preconizado por el gobierno de un modo inconsecuente y sin autoridad.

Como decía el escritor Jorge Semprún respecto de esta generación de jóvenes que nos está sucediendo (una generación  que lo quiere todo YA), el tema no es “que mundo le voy a dejar a los hijos sino a qué hijos les dejo el mundo”.

Esta enorme protesta y revuelta nos hace ver que estamos ante una crisis de gobernabilidad democrática que la hace peligrar y la desafía, con el riesgo de volver a una dictadura que se vuelve a asomar a la vuelta de la esquina y nos recuerda un pasado al que no quisiéramos volver o en poco tiempo a gobiernos populistas que nos aseguran la inutilidad de las protestas sin conducción política.
Esto no lo ven los políticos de oposición y no lo administra el actual gobierno.

El resultado ha sido un tipo de protesta pacífica  (de mayor conciencia política, a mi juicio algo ingenua) y otra anómica (con mayor conciencia del conflicto y sin temor de él, por eso más violenta) que se expresa en dos tipos, los que roban y saquean y los que rompen bienes públicos e incendian después de saquear. Y para mayor desgracia, el gobierno llama a las instituciones que más se han visto envueltas en la corrupción a poner orden, porque no lo ha podido hacer solo, desoyendo la necesidad de cambios en equidad que la sociedad reclama, vaya paradoja.

El drama es que los que habitualmente sufren serán los más perjudicados si persiste lo que en mi opinión se observa: un movimiento sin conducción y sin líderes que se sitúen como interlocutores válidos para canalizar este reclamo de inequidad y permita un nuevo pacto social que debe ser necesariamente político y bajo formas democráticas.

Me gustaría finalizar con algún párrafo optimista y el único que se me ocurre es la invitación a participar en las instituciones intermedias de las que formamos parte como terapeutas, como profesionales en temas de interés público, como padres, como barrio y como ciudadanos, con el objetivo de ayudar en la mantención de una democracia que no se defienda solo con el voto.


lunes, 14 de octubre de 2019

POR QUÉ PROMOVER LA TERAPIA FAMILIAR EN UN PROCESO DE DUELO



1.- Porque vivimos en una cultura con una fuerte tendencia a no hablar de la muerte o del dolor.
Que busca la pronta recuperación frente a estos procesos, ojalá sin hablarlos para no generar más dolor en el otro. Quedando las familias sin un soporte social que permita la expresión de los sentimientos asociados al duelo y que permita compartir la experiencia de la muerte, una vez que han pasado los rituales funerarios. Siendo que el proceso de duelo se prolonga por un tiempo bastante mayor.

2.- Porque permite acompañarse.
Suele existir un mito respecto de compartir los sentimientos dolorosos, como si expresarlos pudiera contagiar al otro de algo desagradable, que es mejor evitar sentir.  Sin embargo, el alivio de vivir la pena con alguien lejos de contagiar, permite mirar que a todos les está pasando y que compartirlo en un espacio protegido y acotado como es el espacio de la Terapia Familiar finalmente alivia.

3.- Porque la consulta a Terapia específicamente por Duelo es poco frecuente. 
Si bien existe acuerdo en que es beneficioso para las familias la terapia ante situaciones de pérdida, generalmente la consulta surge con posterioridad por síntomas que por sí mismos no dan cuenta de un proceso de duelo no elaborado, pero que pueden estar vinculados.  Síntomas generales tales como, retraimiento, problemas de conducta o de rendimiento escolar en alguno de los hijos, desmotivación, irritabilidad, sintomatología depresiva en alguno de los adultos, etc. Un proceso de Terapia Familiar permite elaborar la pérdida y comprender sus manifestaciones individuales y familiares, disminuyendo con esto el sufrimiento, cuando éste es compartido e integrado colectivamente en la familia. Independientemente del tiempo transcurrido desde la pérdida, un proceso de duelo puede generar estancamiento emocional de la familia en torno al dolor y sus manifestaciones o síntomas, lo que amerita de un proceso de terapia para su elaboración.

4.- Porque les pasó a todos: es la misma pérdida, pero son distintos duelos. 
Cada miembro de la familia tenía una relación particular y propia con la persona perdida. Todos perdieron a un miembro de la familia, pero para cada uno representaba algo distinto.  Asimismo, las familias que experimentan duelos, ante el temor sobre qué hacer con la angustia y los estados emocionales de sus miembros, pueden evitar o limitar las conversaciones de este tema entre sus integrantes. La posibilidad de compartir las distintas emociones, así como mirar las diferencias que aparecen en los distintos miembros de la familia, facilita la elaboración colectiva del duelo.


5.- Porque permite normalizar la experiencia.
La literatura define el duelo y las etapas por las que debieran pasar las personas, sin embargo, cada experiencia es única. Al interior de la familia, se van experimentando las distintas reacciones ante la pérdida en tiempos distintos, con intensidades distintas.  El proceso de duelo no es un proceso lineal, esto hace que muchas veces las personas queden con la sensación de estar retrocediendo, cuando por ejemplo en un aniversario, vuelven a sentir como si la pérdida hubiese sucedido recién.

6.- Porque existen pérdidas que puedes ser procesadas individual y colectivamente sin necesidad de terapia y otras que si lo requerirán.
Estas últimas son aquellas que podemos calificar de traumáticas, imprimen una sensación de quiebre irremediable que requiere apoyo terapéutico en la búsqueda de otorgarle algún sentido a la experiencia de muerte, que permita continuar con la vida.

7.- Porque el terapeuta está capacitado para acompañar el sufrimiento del sistema familiar y durante el proceso terapéutico, transmitir la tranquilidad y la esperanza de que en algún momento aparecerá la sensación de estar saliendo de la profundidad del dolor.

8.- Porque culturalmente puede existir apoyo para el dolor asociado a una pérdida, sin embargo, emergen otras emociones, además del dolor, difíciles de acompañar tales como la culpa, la rabia y la desesperanza
La culpa es una de las emociones difíciles de manejar en los casos de pérdida, sobre todo en la pérdida por muerte. Puede aparecer la culpa de sobrevivencia “porque él o ella y no yo”; la culpa de no haberlo podido evitar “si hubiera estado ahí”, “si lo hubiera llamado ese día”.  Esta culpa es particularmente difícil de manejar en el caso de la pérdida de un hijo.
La desesperanza, que surge ante la sensación de que no existe consuelo frente a tanto dolor, con la sensación de que es un dolor que no cesa, puede llevar al deseo de no querer seguir viviendo. Situación que requiere apoyo terapéutico.
Surge la rabia frente al quiebre que representa la muerte o la pérdida, dejando proyectos inconclusos que incluían a quien ya no está, rabia por la sensación de abandono. Esta emoción no es tan validada socialmente y tampoco socialmente sabemos qué hacer con ella, por eso el espacio terapéutico puede ser un espacio contenido para expresarla.
El dolor es el sentimiento socialmente más aceptado, sin embargo, las personas que han vivido una pérdida, muchas veces no saben qué hacer don el dolor, cuánto tiempo durará y si va a terminar en algún momento. El espacio terapéutico permite ayudar a las familias a darle un sentido a ese dolor, permitiendo que ocupe un espacio legítimo en la psique humana, más que intentar eliminarlo.

9.- Porque en ocasiones aparece el duelo de manera fragmentada apareciendo las distintas emociones repartidas en distintos miembros del sistema familiar, siendo por ejemplo un miembro el representante del dolor, manifestando constantemente sólo su pena, otro de la negación, no queriendo hablar del tema, otro la rabia, etc. La fragmentación estaría entonces en la dificultad de los miembros para experimentar la totalidad de las emociones propias de un proceso de duelo.

10.- Porque se puede crecer desde el dolor.
Compartir en un espacio protegido como es la terapia, una experiencia tan dolorosa, permite redefinir la identidad personal y familiar, hacia una nueva identidad que ya no incluye a la persona perdida pero que la integra en una nueva dimensión, permitiendo experimentar la oportunidad de crecer a partir de un proceso de duelo.


Marcela Flores Pascual
Psicóloga Clínica – Docente y Supervisora IChTF

lunes, 23 de septiembre de 2019

La formación de terapeutas de familia y parejas en el IChTF: El Taller de la Persona del Terapeuta

La formación de terapeutas familiares en el ICHTF contempla distintas actividades, entre ellas clases teóricas, taller de habilidades terapéuticas, supervisión directa de casos en espejo unidireccional y el Taller de la Persona del Terapeuta. 

Este último espacio tiene por objetivo desarrollar y potenciar, en un contexto grupal, los recursos personales de los terapeutas en formación. En un espacio de profundo encuentro humano, buscamos entrenar a los terapeutas en formación a tomar conciencia de sus sentimientos, resonancias e inducciones, para transformarlos en recursos al servicio del proceso terapéutico. Y a lo largo del proceso de formación ir encontrando un propio estilo terapéutico.

Partimos de dos fundamentos básicos. Primero, que el proceso terapéutico es conducido por un terapeuta, que está puesto en la relación terapéutica como persona, con su historia, sus propias ideas de mundo y sus personales resonancias emocionales.  Y segundo, la importancia de la relación terapeuta-paciente, como elemento vincular central en la alianza terapéutica y, por lo tanto, del éxito terapéutico. 

Al poner el vínculo como un elemento central para el desarrollo y éxito del proceso terapéutico, el encuentro humano paciente-terapeuta cobra especial relevancia. Para ello, el terapeuta debe hacer un proceso de conexión con la propia vulnerabilidad y la propia historia. Es a través de esta conexión con lo propio que el terapeuta posibilitará la apertura del paciente y/o miembros de las familias a sus vulnerabilidades.

El contexto grupal se constituye en un espacio de contención, de soporte emocional, que permite la exposición de los terapeutas en formación, para mostrar sus dificultades, sus entrampes, sus historias personales. Es un proceso que requiere alto compromiso emocional de todos los miembros del grupo, para generar una reflexión colectiva a partir de las resonancias emocionales de cada miembro.

En este sentido, la persona del terapeuta, a través de la alianza terapéutica, es considerada como vehículo de cambio fundamental. De ahí la importancia de que los terapeutas en formación desarrollen habilidades comunicacionales y emocionales para promover y sostener ese vínculo, habilidades para distinguir lo que es propio y lo que es del sistema consultante, así como habilidades para manejar momentos de alta intensidad emocional y transformarlos en momentos terapéuticos.

En terapia familiar los conflictos no solo se narran, sino que también se actúan, se escenifican a través de las dinámicas relacionales que se producen en el espacio terapéutico, lo que intensifica significativamente el impacto emocional para todos los involucrados, incluido el terapeuta y las posibles conexiones con su propia historia. Por ello, la capacidad del terapeuta para integrar su experiencia subjetiva, es tan importante como la formación teórica y el manejo técnico.

Es desde esta particular ética relacional, donde paciente/familia y terapeuta se encuentran personal y emocionalmente comprometidos en una relación terapéutica, que el Taller de la Persona del Terapeuta tiene un lugar central en la formación que imparte el ICHTF en Terapia Familiar y de Parejas. Nuestra idea es que a través del trabajo en este espacio, los terapeutas en formación desarrollen la capacidad de usar la conexión con la propia subjetividad como un recurso a favor del proceso terapéutico.

Ps. Roxana Lobo Quilodrán
Instituto Chileno de Terapia Familiar


lunes, 19 de agosto de 2019

Terapia familiar en familias con hijos/as con necesidades especiales


Es posible que las familias que tienen un hijo o hija con necesidades especiales no lleguen a consultar en terapia familiar.  Quizás por desconocimiento de lo que significa, o porque escasearán la energía, el tiempo y los medios económicos -mayoritariamente destinados a tratamientos especializados- y, probablemente, ante todo, por el temor de aumentar el dolor o la culpa, que desde hace tiempo los aqueja. “¿Cómo expresar frente a mi hermano sordo, el abandono afectivo que siento por parte de mis padres?, ¿Qué sentirá si hablo de mis celos, rabia y frustración, si él tampoco eligió nacer así?”, o bien “no quiero sentirme más expuesta de lo que ya estoy con mi paraplejia, no quiero oír cuánto les he embarrado la vida a todos en la familia”; quizás, “¿Cómo decir frente a mi hija, que estoy cansada y angustiada?”; “¿Qué pasa si aflora frente a todos la culpa por haber transmitido esta condición genética?” o “¿Qué soluciones van a darnos, si ya hemos buscado todo acerca de esta enfermedad?”, entre otras, pueden ser las interrogantes que incidan en que se desista ante la sola idea de ir a terapia en familia.


Existe un amplio espectro de dificultades en la salud física o mental que genera las así llamadas necesidades especiales en una persona.  Pueden venir desde el nacimiento o aparecer durante el desarrollo infantil o adolescente, como también irrumpir de manera drástica y aguda en.  Así, ya sea por alguna condición genética determinada, por secuelas de una enfermedad, operación o accidente, una persona se verá interferida de manera crónica en el desempeño de algunas funciones, y requerirá de tratamientos específicos permanentes en el área de la salud, afectando tanto su cotidianeidad como la de las familias a las que pertenecen. 

Estas familias se caracterizarán por la atención especial y permanente que deberá recibir uno de sus miembros a lo largo de su vida, surgiendo el desafío de transitar por caminos por los que la mayoría estadística no recorre.   Así, atravesarán por crisis llamadas no normativas (no previsibles, como para la mayoría de las familias, serán los reacomodos frente a cambios en el ciclo vital o ciertos duelos), las cuales se caracterizan por tener menos referentes como para saber cómo avanzar.  Se trata de familias que se verán altamente demandadas en sus dinámicas relacionales, tanto por las ansiedades como por la condición de cronicidad e incertidumbre en el grado de avance de dichas situaciones.  Todos sus miembros, de manera diferente según sus características personales y el lugar que ocupen en la familia, se verán enfrentados a lidiar con tensiones relacionadas con preguntas sobre la equidad y el equilibrio en la atención que se recibe.  Los hijos que no tienen dichas necesidades especiales, podrán llegar a sobre-adaptarse a la situación, en lealtad silenciosa al dolor de los padres, para no generar más problemas o para evadir la expresión de sus conflictos; otros podrán manifestar síntomas afectivos o conductuales, los que, de manera indirecta hablarán del largo silencio afectivo y la sensación de injusticia frente a padres que no podrán darles toda la atención que necesitarían. Los cónyuges, en su doble rol de pareja y de padres, podrán quedar distanciados y en familias monoparentales, el desgaste del adulto a cargo podría ser aún mayor.

En el mundo de los afectos, las relaciones y los equilibrios interpersonales, todos los seres humanos, sin distinción, tenemos necesidades especiales.  Estas varían de acuerdo con nuestras características personales, vivencias, etapa del ciclo vital y el contexto en el cual nos movemos.  En estas familias, se requerirá especial atención y cuidado de estas necesidades en todos sus miembros, pues allí conviven subjetividades especialmente tensionadas.  Cuando estas necesidades quedan de manifiesto y son compartidas en las familias en un espacio de contención, emergerá el gran potencial de apoyo propio de los grupos donde hay lazos permanentes de afecto, pertenencia y cuidado.  Los recursos familiares, presentes en todas las familias, ayudarán a sostener de mejor manera a cada uno de sus miembros, potenciando un desarrollo más armónico de sus potencialidades. 

La experiencia nos demuestra que, cuando familias con estas demandas específicas participan de terapia familiar, se ven altamente beneficiadas de poder mirarse en conjunto.  Sentimientos largamente silenciados salen a la luz en un espacio de contención, que reúne, confirma y valoriza las subjetividades y el dolor de cada uno de sus miembros.  Allí quedan acogidos, entre muchos otros, los sentimientos de desgaste y angustia de los padres, así como el malestar, sobreexposición y culpa de quien tiene necesidades especiales, y la sobre adaptación, soledad, o rabia de hermanos y hermanas que han debido acallar sus propias necesidades en pos del apoyo especial que otro miembro requiere.  Emergerá sin duda el dolor, la angustia y la incertidumbre, así como también, el cariño compartido, el humor, la alegría y la esperanza de seguir adelante con los recursos con que cuenta la familia.  Se aliviará quien ha quedado sobrecargado con una atención que no hubiera elegido tener, para que aparezca aquel que se sobre adaptó.  Podrán transformarse las culpas de padres que necesitaron dejar de lado a otros hijos, en desafíos de atender otras necesidades.  Se generarán en conjunto respuestas alternativas, pautas relacionales más armónicas y creativas que les permitan seguir adelante de manera más liviana y con mayor disponibilidad de energía. 

Se observa asimismo, que algunas de estas condiciones en el área de la salud física, pueden evolucionar de mejor manera, cuando la familia se provee de un espacio seguro para mirar y escuchar las subjetividades de cada uno de sus miembros.  Para familias en las que de manera crónica requerirán enfocarse en el cuidado especializado de alguno de sus miembros, el autocuidado de todos, será de vital importancia. Es allí donde la posibilidad de la terapia familiar emerge como una buena alternativa para restaurar los equilibrios y favorecer que tanto los afectos como las relaciones fluyan de manera mas armónica, potenciando el adecuado desarrollo evolutivo de todos sus miembros.

Ps. Alejandra Aspillaga Vergara
alejandra.aspillaga.vergara@gmail.com
Instituto Chileno de Terapia Familiar

lunes, 22 de julio de 2019

Desafíos de las parejas en la etapa de Crianza


¿Estará la pareja humana actual más constituida sobre el erotismo y la sexualidad que en otras etapas de la historia, siendo esto la más esperada y más frágil condición de una pareja?

La naturaleza del emparejamiento tiende a la reproducción, para eso estamos determinados biológicamente. Desde ahí nacen los hijos/as, para que la especie sobreviva, y con ellos el gran desafío del ser humano actual. ¿Cómo lograr la suficiente adaptación a las múltiples demandas laborales, sociales, tecnológicas, mantener la satisfacción afectiva dentro de la pareja y compatibilizar todo esto con las tareas que implica la crianza?

Al tener un hijo se abre una inmensa compuerta de amor desconocida y una gran carga de trabajo. Los miles de esfuerzos y recursos que es necesario activar para su cuidado son inconmensurable e inmedibles.

Y ahí comienza el desafío de la pareja. ¿Qué tiene que ver gustarse con pagar cuentas, sentirse postergado, estar asustado, cansado y siempre demandado de atención?

La construcción y el cultivo del vínculo con un hijo o hija es una exigencia y también un acto creativo constante, ellos siempre van un paso adelante y los padres van detrás aprendiendo a desplegar habilidades para adaptarse a su desarrollo.

Quienes lo logran son capaces de postergar sus necesidades inmediatas porque la urgencia de los requerimientos de los niños es mayor. Confían en el otro y lo ven como una persona que aporta conocimiento, experiencia, intuición, responsabilidad y amor.

El compromiso, y por lo tanto el apego, se siente como algo compartido donde se valora la compañía y el acompañamiento. Surge la complicidad en torno a un otro que se les parece y en el cual se reflejan, pero que al mismo tiempo tiene tanta identidad propia.

La oportunidad de disfrutar el desarrollo de los hijos e hijas, su lenta y milagrosa adquisición de funciones, se puede ver interferida por la frustración y el conflicto que genera  no sentir al compañero/a a la altura de las circunstancias en capacidad de empatía, generosidad, postergación, trabajo. Donde la frustración genera sentimientos de rabia y el conflicto una desilusión que lleva al distanciamiento. El rol de padre revela aspectos desconocidos de la pareja y surgen nuevas necesidades que se hace necesario negociar. 

El nacimiento de un hijo/a conlleva una serie de movimientos; hacia el mundo externo por la necesidad de cubrir salud y educación, hacia el mundo interno desde el desarrollo de las habilidades parentales y hacia el mundo social por todo lo que ellos traen a muestras vidas durante su crecimiento. 

Todos estos cambios y exigencias de adaptación son los desafíos que la pareja tendrá que sortear para vivir esta experiencia como una etapa, aunque, demandante, nutritiva y llena de novedades.

Ps. Antonia Raies R.
maraies@puc.cl
Instituto Chileno de Terapia Familiar.

viernes, 19 de julio de 2019

The Squid and the Whale o, Historias de Familia

The Squid an the Whale o, Historias de Familia
Año 2005
Director y guión: Noah Baumbach
¿Por qué cambiar el nombre de esta película desde “El calamar y la ballena”  o “El calamar y el Cachalote”, por el de ”Historias de familia?

Historias de familias hay infinitas, pero las historias de las familias en las que hay un divorcio destructivo son más que solo historias de familias. La relación entre el calamar y la ballena es más que una simple historia entre dos animales marinos.

Los calamares son de los depredadores supervivientes más grandes del planeta. La dieta de las ballenas cachalote está basada principalmente en calamares. Muchas ballenas cachalote tienen cicatrices en su piel derivadas de peleas con calamares gigantes. Y, se han encontrado enormes cantidades de calamares de estas especies en los estómagos de las ballenas cachalote muertas.

El museo de Historia Natural de Nueva York escenificó hace años y exhibe la  escultura de tamaño natural que aparece en la cinta y que representa el imaginario encuentro entre estos dos monstruos marinos. Imaginario porque son escasas  las veces que se ha logrado fotografiar estas peleas que ocurren en las aguas más profundas de los mares. Muchos niños se fascinan y se aterrorizan con la escena. Igual que Walt, para quien el recuerdo de esa imagen aterradora era a la vez el recuerdo de los momentos más cercanos a la madre y a la época en que aún, no capturado en la lealtad hacia el padre, podía sentirse querido y cuidado por ella.

Estas peleas monstruosas ocurren en las profundidades más inexploradas de nuestros océanos. En las aguas frías, en las aguas plagadas de peces abisales que aterrorizan por su fealdad y por la electricidad de sus cuerpos, pero que a la vez  encantan por las sorprendentes luces que emanan.

La metáfora que toma el  director, representa los núcleos neurálgicos de los divorcios destructivos:

Buen título el de la ballena y el calamar para representar la violencia de la depredación de una pareja que no pudo separarse bien, pero que antes de eso, no pudo construir una buena relación de pareja. Porque desde sus orígenes la competencia y la rivalidad eran dos de los ingredientes centrales de esa relación. Ni siquiera el tenis era un juego de tenis. El tenis era  simplemente una oportunidad para demostrar supremacía y dominio sobre el otro. El calamar y el cachalote no pueden tener una relación colaborativa, tienen que competir, porque el que pierde, muere. Alguien tiene que ganar. El que pierde, es engullido y desaparece.

El terror y la atracción que produce la imagen de esta lucha descarnada es la misma que viven los niños frente a las peleas de sus padres en grave conflicto. Las detestan, les hacen daño, pero no pueden abstraerse de ellas. Una niña de 14 años, miembro de una familia con un divorcio destructivo de 9 años me dijo….”No puedo y no quiero dejar de participar de sus peleas, porque es la única manera que tengo de saber cuál de los dos dice la verdad”.

Los niños no pueden protegerse. O son demasiado pequeños, o son más grandes, pero atrapados en las lealtades con sus padres.

Los padres, están demasiado enfrascados en sus propias necesidades y conflictos como para ver las necesidades de sus hijos. ”Es Lunes, no es MI turno, tienes que irte con tu papá”. ¿es que los Lunes no se puede necesitar conversar con la madre?.

El calamar y el cachalote metaforizan la violencia. En el caso de los divorcios destructivos, el maltrato y el abuso parental hacia los hijos. El abandono y la negligencia que poco tiene que ver con la falta de amor y sino más bien con insuficientes desarrollos emocionales y perturbaciones psicológicas y psiquiátricas que impiden elaborar la experiencia de la separación. Ya me referiré a esto más adelante.

Cómo nos muestra el maltrato Baumbach?. Con una mezcla de obviedad y ridiculización que más parece una ironía. Una mezcla entre comedia y drama, ante la que no es claro si llorar o reírse. De un modo en que permanentemente nos peguntamos si son así las cosas o si exageran. Si están amplificadas las consecuencias del conflicto post-conyugal en los hijos o si es más bien  un dato de una la realidad real. Si me remito a mi experiencia en el trabajo con estas familias. No, no exagera. Los padres en conflicto sencillamente pueden olvidar a sus hijos, fenómeno psicológico reflejado en la película en la concritud  del olvido del hermano menor en la casa de la madre mientras ésta y su pareja se van de fin de semana y el padre y el hermano mayor se van a la universidad en busca del esquivo reconocimiento, mientras el niño pequeño toma alcohol y se masturba tres días absolutamente abandonado. ¿en qué terminará Frank?

No siempre es obvio que los hijos de los divorcios destructivos son hijos maltratados y que las dinámicas de estas parejas y familias caben en la distinción de violencia intrafamiliar. Quienes trabajamos con estas familias tenemos que ser expertos, entrenarnos y tener modelos para intervenir desde la perspectiva del trabajo con relaciones violentas.

Yo no habría cambiado, ni por razones comerciales siquiera, el título original  de la película.  Visibilizar y hacer conciencia de la violencia y los costos de ésta en el desarrollo de los niños es un modo de dar la verdadera importancia que tiene hacer la distinción entre divorcio y divorcio destructivo. Distinción que para nosotros como terapeutas resulta fundamental, pues si divorciarse no es lo mismo que divorciarse destructivamente, hacer terapia en procesos de separación no es lo mismo que hacer terapia en procesos de divorcios destructivos. Por supuesto, tener a los padres separados o divorciados no es lo mismo que ser hijo de padres divorciados destructivamente.


Custodia Compartida

Una pareja a la que atendí en terapia me contaba. El padre de la única hija de tres años de ella, después de varios años de separación y restricciones impuestas a la relación del padrastro con la hija, se reúne con su exesposa y le dice.

“Ya es claro que no volveré a vivir con Francisca nunca más. Me he dado cuenta también de lo bien que está con ustedes y de lo absurdo que resulta ahora que no pueda viajar de vacaciones. Siempre seré  su padre, pero ella  no puede vivir con dos sistemas de vida tan diferentes y yo seguir pretendiendo que puedo intervenir e influir en su desarrollo como lo puedes hacer tú. Necesita una educación coherente y tu y Carlos lo pueden hacer bien. Dile a él que asuma la responsabilidad que significa vivir con nuestra hija y que se haga cargo. Yo me retiraré, seguiré estando y  si hay algo que definitivamente no me parece, te diré, pero, háganse cargo ustedes. Con ustedes vive y si yo armo otra familia más adelante, ella será una visita en mi casa”.

En un principio me asustó, porque pensé que la abandonaba, pero no. Simplemente se abría a la participación del padrastro en la crianza de los hijos. Como les dije: Ahora el eje parental lo conforman los tres: el padre, la madre y el padrastro.

Hay muchas maneras de organizarse familiarmente después de una separación. Hay diferentes sistemas de organización de la custodia y de mantener el contacto regular y permanente con los padres  o madres con los que no se vive.  Esta película hace que me parezca interesante reflexionar acerca de la custodia compartida como sistema de tuición post-divorcio. A mi juicio Bambauch muestra uno de los lados más cuestionables de este tipo de sistema. ¿al servicio de quién está?, ¿qué lugar ocupan las necesidades de los hijos en este sistema? La impresión que me he hecho, a partir nuevamente de mi experiencia, es que responde más a una necesidad de los padres que de sus hijos. A una necesidad de distribuir más equitativamente los costos emocionales y económicos que tiene ser el padre o madre custodio o a la dificultad aún  mayor de ser el sostén emocional y económico cuando no se es el padre o madre custodio. La custodia compartida permite que estos costos se distribuyan con la esperanza de que al menos en esto va a haber la equidad y la justicia que no había habido durante la relación  de pareja.

En general, como en la película, no son los padres los que rotan de una casa a otra, son los hijos. No son los padres lo que tienen que trasladarse y “cruzar al otro lado del puente” cada vez que “les toca” en “su” otra casa. Son los hijos. No son los padres los que tienen que vivir en dos mundos sin un hogar residente. Son los hijos. No son los derechos de los niños los cautelados con este sistema, son los derechos de los padres. Por suerte el gato es solo un gato y no un hijo. La suerte del gato es que se puede quedar. El gato no es parte de la disputa. Le pertenece a Frank. Sé que este cuestionamiento puede ser controversial. Ocurre que el director de la película muestra la custodia compartida justamente desde sus aspectos más difíciles. Definitivamente la custodia compartida no es opción para los divorcios destructivos. Para que ésta sea una buena opción tiene que haber una relación de colaboración entre los padres, el diálogo tiene que ser posible para flexibilizar los esquemas en función de las necesidades de los niños. Los niños no pueden estar en medio de un conflicto grave teniendo que sufrir y destruirse poco a poco como el hermano menor  ir de casa en casa intentando resolver los conflictos entre los padres o mitigar el dolor de éstos en una y otra casa.

Bambauch pone en imágenes y diálogos, llevados casi al absurdo los costos de este sistema en estos casos.

Lo Fraterno

Historias de familia es la historia autobiográfica del director de la película. Es la historia de él y su hermano frente al divorcio de sus padres. Es el divorcio destructivo narrado, descrito desde la experiencia de los jóvenes.

Desde el punto de vista relacional, esta es una fratría dividida. Los hermanos no han podido conformar el eje relacional fraterno de modo que puedan hacer frente juntos a las dificultades de sus padres. Cada uno está capturado en otro eje relacional que no les corresponde. Frank en el eje materno filial y Walt, el hermano mayor, en el eje paterno filial. Desde esta definición de lugares y lealtades, no es posible constituir fratría. Son el hijo de la madre y el hijo del padre, quienes pelean reproduciendo especularmente el conflicto de los padres. No son los hermanos Berkman que se pueden proteger, salvar, tener complicidad y acompañarse en medio de las dificultades. Son Frank y Walt conversando con guantes de box en sus puños mientras la intensidad del conflicto sube hasta que terminan agrediéndose en el suelo. No es simplemente una pelea entre hermanos, es la misma pelea que por años han tenido sus padres.

Me pregunto qué habrá pasado en la vida real con los hermanos Bambauch. ¿habrán podido construir hermandad después de esta experiencia? En la cinta hay una cierta esperanza para Walt, no hay los mismos indicios para Frank, pero, ¿para los hermanos? Son muy pocos los indicios de que podrán construir hermandad. Sí, uno relevante: El gato. La escena en que Frank le pasa el gato a su hermano en un gesto de apoyo y reciprocidad. Walt se iba a casa del padre protegiendo al hermano menor de que el padre se lo llevara a la fuerza del lado de la madre. Apoyo, protección y reciprocidad, tres aspectos esenciales de la fraternidad.

La fratría o hermandad es uno de los más importantes factores protectores para los niños en medio de los divorcios destructivos. En esta familia, está dañada. Los hermanos casi no se tienen. Los padres, especialmente el padre, fomenta la escisión entre ellos. Si se juntan, tienen demasiado poder. Sin embargo, no fue el divorcio el que la fracturó, fue el conflicto conyugal intenso e histórico de sus padres. Los niños ya eran hijos de cada uno de sus padres, antes del divorcio. El divorcio, simplemente amplificó la dinámica que ya estaba instalada.

Si es por cambiar el título de esta película, bien pudiera llamarse algo así como “El hijo del Señor y el hijo de la Sra. Benbach”.....que no son los hermanos Benbach”.

El duelo

¿Por qué el duelo? Porque en la película no se habla del dolor. Porque todos sabemos que detrás de la rabia y la agresión hay dolor. Pero aquí, tal como ocurre en todos los divorcios destructivos, de este dolor no se habla. Aquí, el dolor es soledad, el dolor es silencio...el dolor no es dolor. El dolor lo encarnamos los espectadores.

Los espectadores vemos cómo al padre le duele la decadencia, el fracaso, el ocaso, la traición, la partida, la separación. A la madre le duele el dolor de los hijos. A los hijos le duele la separación, el abandono, el conflicto de los padres, la soledad. Todo este dolor se expresa en rabia, en agresión, en conductas de escape...nunca en dolor directo, en dolor puro……dolor químicamente puro como un día me dijo otra paciente.

Al calamar gigante no le debe dar pena engullir al cachalote. A los otros animales marinos no les debe dar pena perder a un compañero de la manada. Los cachorros de cachalote deben sobrevivir sin la madre o el padre sin problemas. Los cachorros humanos y los humanos en general  en cambio, sufrimos con la pérdida de las cosas que nos importan, especialmente si ellos son nuestros padres o cuidadores de quienes dependemos física y emocionalmente. La única manera de salir adelante con estas pérdidas es elaborándolas e integrándolas a nuestras vidas como una experiencia de la cual incluso podemos sacar algo positivo. Y crecer.

La separación es una de las pérdidas más difíciles de elaborar, pues  constituyen, como diría Pauline Boss, una pérdida ambigua. Una pérdida en la que el objeto perdido sigue presente. Hay que acostumbrarse a su presencia-ausencia. Para hacer este duelo ambiguo o elaborar la pérdida ambigua es necesario desplegar una gran cantidad de recursos psicológicos y tener una buena dosis de madurez emocional. Tras los divorcios destructivos casi siempre hay personas que tienen muy reducida la capacidad de hacer frente a este tipo de pérdidas. Joan evitó enfrentar la pérdida de su relación de pareja muchos años antes de que se produjese la separación. Bernard  se refugió en su relación con los hijos para hacer frente a esta pérdida, en el esfuerzo por “perder lo menos posible” o al menos “igual que Joan”, pero no más. Mientras los hijos estuvieran con él, el dolor sería menos.

Este es uno de los núcleos del trabajo terapéutico en familias que atraviesan por estas dificultades. Ayudarlos a elaborar las múltiples pérdidas asociadas a la separación. Porque, aún cuando el divorcio no sea destructivo y más allá de las ganancias  que tenga, siempre involucra importantes pérdidas para todos los miembros de la familia.

Conectarlos con el dolor para llorar  y luego asumir las pérdidas. Tal vez es eso lo que representa el psicólogo al que llevan a Walt: la posibilidad de la elaboración y de la conexión con los aspectos vinculares sanos y las experiencias positivas. “trae recuerdos positivos” le dice, y lo anima y lo ayuda a traerlos, porque naturalmente no le salen. Y surge el recuerdo en el museo...la ballena y el calamar...la madre cercana y cuidadosa. Esa madre que necesita rescatar y que perdió en medio del conflicto conyugal al aliarse con el padre.

Los hijos de los divorcios destructivos no pueden solos. El dolor es demasiado.

Me quedo con la esperanza, con las posibilidades que abre la terapia y con el dolor de recordar los propios momentos de enojo y dolor por los que mi familia ha atravesado. Desde ese dolor sentido, nuevamente aparece la esperanza de que hagamos las cosas cada día mejor.

Ps. Claudia Cáceres Pérez
claudiacaceresp@gmail.com
Instituto Chileno de Terapia Familiar